A imagen… ¿y semejanza?

La-creacion-de-AdanComo ya vimos, estamos en las manos de Dios, Dios nos va modelando como el barro en manos del alfarero. Pero, ¿qué significa ese “modelar”? ¿Cuál es el “modelo”? Analicemos el pasaje de la creación del hombre[1].

“Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer los creó” (Gn 1, 26 – 27). ¿A quién le dice ese plural, “hagamos”? Al Hijo y al Espíritu Santo, que son también creadores; Dios lo hace todo en comunión, también la creación. Pero fijémonos en que Dios quiere crear al hombre “a imagen y semejanza”, pero cuando le crea, sólo aparece la imagen: “creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó”. En efecto, en Gn 5, 1 se dice: “Dios creó a Adán a imagen de Dios”. Así, en todos los pasajes de la Escritura, se dice del hombre que ha sido creado a imagen de Dios, pero no a semejanza[2]. ¿Por qué? ¿Son lo mismo la imagen y la semejanza?

Hemos sido creados a imagen de Dios, pero aún no somos semejantes a él. El modelo a imagen del cual nos ha creado Dios es Jesucristo; él es “imagen de Dios” (2 Cor 4, 4), y nosotros somos “imagen de la imagen”. Somos “parecidos” a Dios, pero no somos “como él”. La imagen de Dios en nosotros se ve en que somos libres, racionales, capaces de amar, somos personas, tenemos un cuerpo como el de Cristo. Pero aquello a lo que Dios nos destina es aún mayor: ser como Dios, ser semejantes a él. Así dice la Escritura: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Dios nos ha destinado a ser sus hijos, a ser hijos en el Hijo, a ser semejantes a él. De un modo aún más atrevido lo dice el apóstol San Pedro: “Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, para que participéis de la naturaleza divina” (cf. 2 Pe 1, 3 – 4). ¡Dios nos llama a ser como él, a ser semejantes a él, a participar en la naturaleza divina! Los Padres de la Iglesia lo afirmaban de un modo muy atrevido, como leíamos en el oficio de lectura de hace unos días: “Cuando contemples ya al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el reino de los cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado a ser dios. Porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria”[3]. ¡Dios quiere hacernos “divinos”, nos quiere divinizar, nos quiere llenar de su misma gloria y quiere hacernos participar de su misma naturaleza, dándonos todo lo que por naturaleza es sólo suyo!

Pero un momento… cuando la serpiente ofreció el fruto del árbol a Eva, ¿no la engañó diciéndole que sería como Dios? Ahí está la cuestión. El demonio sabía que Dios quería hacer al hombre semejante a él, y que ese deseo estaba en el corazón del hombre; por eso le engaña precisamente con eso, haciéndole creer que Dios era el que no quería que fuese como él. Pero era justamente al revés: Dios era quien quería que el hombre fuese como él, y el demonio no; por eso Satanás hace creer al hombre que conseguirá ser como Dios al margen de Dios, y entonces no sólo no consigue la semejanza, sino que pierde también la imagen por el pecado, creyendo que Dios no le deja alcanzar precisamente aquello que Dios está deseando darle.

Ese “irnos modelando” de Dios no es otra cosa que irnos haciendo “a su imagen y semejanza”, irnos haciendo semejantes a él. Pero, ¿en qué consiste ese “ser semejantes a Dios”, ese “ser divinizados”? Y ¿Qué podemos hacer nosotros para dejarnos modelar? Lo veremos en las próximas semanas.


[1] La teología nos enseña que el relato del Génesis no pretende ser “histórico” en el sentido estricto de la palabra, sino “etiológico”; es decir, que el autor, con los conocimientos de la época, inspirado por el Espíritu Santo, trata de explicar las verdades de fe que tienen que ver con la creación del hombre.

[2] Gn 9, 6; Sab 2, 23; Eclo 17, 3; 1 Cor 11, 7; St 3, 9.

[3] San Hipólito, Refutación de todas las herejías 10, 33 – 34.