‘Padre nuestro’ (1)

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Como hemos visto, Dios es sobre todo el Padre de Jesucristo. Pero Jesús nos enseñó a llamarle ‘Padre nuestro’. Con esto, Jesús introdujo una diferencia en el modo de dirigirse los hombres a Dios. El Antiguo Testamento, da en algunas ocasiones a Dios el título de ‘Padre’[1], pero nunca invita a llamar a Dios de esta manera[2]. De hecho, el nombre de Dios (YHVH) era impronunciable bajo pena de muerte.Jesús, que viene a revelar plenamente al Padre, no sólo le llama Padre suyo, sino que, al enseñarnos el Padrenuestro, invita a que le llamemos también nosotros con este nombre, y así revela que Dios no es sobre todo un dominador tiránico, o un Señor que quiere ser adorado y servido; establece una nueva relación con Dios, invitando a llamarle no sólo Padre, sino incluso ‘Abbá’, ‘Papá’[3].

Pero Dios es Padre nuestro en varios sentidos. En primer lugar, es Padre nuestro en tanto creador nuestro[4]. Dios creó todo cuanto existe de la nada, y dio forma y figura al universo entero, de modo que todo cuanto existe es ‘criatura’, y en ese sentido Dios es Padre de todas las cosas. Y esta es la esencia también del hombre: ser criatura. El hombre no se ha dado el ser a sí mismo, no ha elegido cómo es, ni dónde ni cuándo venir a la existencia, sino que todo le viene dado como un don inmerecido. Acoger el don de la vida y agradecer al creador todo lo que nos da es la actitud básica que debiera tener todo hombre.
El deber más básico del hombre es asumir lo que es, asumir nuestra condición de criaturas, y, al llamar a Dios ‘Padre’, hacerlo con respeto y gratitud, con cariño y obediencia, recordando que no somos Dios, que de Él nos viene todo lo que tenemos, y que todo se lo debemos a Él. Así dice el cuarto mandamiento: “honrarás a tu padre y a tu madre”, ese ‘honrar’ supone amar, reconocer y obedecer. Este mandamiento se refiere sobre todo a quien es nuestro Padre y Creador, y por tanto, la actitud básica de la criatura es la de honrar y obedecer a su creador; en efecto, toda criatura está sometida a Dios y obedece las leyes establecidas por él[5], y también el hombre es invitado a usar su libertad para honrar, amar y obedecer a Dios.

Como las criaturas siguen las leyes establecidas por Dios, el universo es armónico y todo sucede con equilibrio y belleza. Sin embargo, cuando el hombre olvida su condición de criatura y se rebela contra Dios, situándose en su lugar, y poniendo su propia voluntad por encima de la de Dios, todo se desordena: el hombre sea arroga el poder de decidir entre lo que es bueno y malo, entre quién merece vivir y quién no, y justificándose en el pecado, no sólo daña a los demás hombres, sino que él mismo acaba esclavizado por las peores tiranías. Sin embargo, cuando el hombre asume su condición de criatura, y reconoce y agradece a Dios todo lo que es y tiene con respeto y obediencia, todo se ordena y el hombre alcanza la verdadera libertad, amando a los demás y respetándoles, haciendo el bien aunque le cueste, y sin justificarse en su desobediencia. La tentación del hombre de hoy es olvidar que es criatura. Nos empeñamos en que todo sea como nosotros queremos, cuando nosotros queremos, olvidándonos de que tenemos un Padre en el cielo, y olvidando entonces que somos hermanos, y los frutos de este olvido de Dios se ven patentes en el mundo que nos rodea. “No haces tú a Dios, Dios te hace a ti”[6], decía San Ireneo. Dejémonos en Sus Manos como barro en manos del alfarero, acogiendo nuestra condición de criatura y dejándonos modelar por Él. Seamos dóciles a Dios, obedientes a él, sin rebelarnos ante sus designios, que tantas veces se nos escapan; honrémosle como a nuestro Padre. Digámosle con Isaías: “Pues bien, Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero; todos nosotros somos la hechura de tus manos” (Is 64, 7).


[1] Cf. Tb 13, 4; Is 63, 16; Is 64, 7; Sal 89, 26.

[2] Lo más parecido es Sal 89, 26, donde dice hablando sobre el Mesías que ha de venir: “Él me invocará: «Tú eres mi Padre»”. Ésta palabra, evidentemente, se ha cumplido en Cristo.

[3] Cf. Rm 8, 15.

[4]La Escritura da a Dios este título de Padre en cuanto creador nuestro, como se ve en Is 64, 7.

[5] Así canta todo el salmo 104.

[6] San Ireneo de Lión, Adversus Haereses IV,39, 2.

 

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