‘Padre’

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¿Cómo puede ser que la oración cristiana por excelencia no se dirija a la Santísima Trinidad, que ni siquiera se la mencione en ella? Esto podría ser lo primero que se podría pensar respecto al Padrenuestro, pero, como iremos viendo, si superamos una mirada superficial sobre esta oración, iremos descubriendo que dice mucho más de lo que parece a simple vista.

‘Padre’. Con esta palabra comienza la oración. ¿Por qué Dios es Padre? En primer lugar y sobre todo, porque tiene un Hijo, su hijo eterno y consustancial, que es engendrado desde toda la eternidad por el Padre en el Espíritu Santo. Efectivamente, ¿qué hace a alguien padre, si no es el hecho de tener un hijo? Desde toda la eternidad Dios es Padre del Hijo. Jesús distingue claramente entre “vuestro Padre” y “mi Padre” (Jn 20, 17), no porque sean dos personas diferentes, sino porque Su relación con el Padre es esencialmente distinta a la nuestra. Jesucristo es el Hijo, el Unigénito, el único que ha visto al Padre cara a cara. De hecho, Jesús se atrevía a llamar a Dios ‘Abbá’ (Mc 14, 36), que se traduce por ‘papá’.

Comenzar esta oración con esta palabra hace que nuestro corazón se eleve inmediatamente al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios no es soledad, es Comunidad de Amor. La Revelación nos transmite que no fue antes el Padre que el Hijo o el Espíritu Santo, sino que desde toda la eternidad el Padre engendra al Hijo en el Espíritu Santo, que procede de ambos. No porque el Padre quiera, sino porque la esencia de Dios es el amor: Dios es Amor (1 Jn 4, 8). Y para que haya amor, son necesarios el Amante, el Amado y el Amor con que se aman, es decir: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios no es soledad, es relación de amor. El Padre se complace en el Hijo y se da a Él engendrándole en el Espíritu Santo desde toda la eternidad; el Hijo se vuelve al Padre y se da a Él en el Espíritu Santo desde toda la eternidad; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y es en comunión con ellos desde toda la eternidad.

La palabra ‘Padre’ nos sumerge en el misterio inabarcable de Dios, que ha querido revelarnos su esencia más íntima, su ser más profundo: Dios nos ha mostrado cómo es, se ha revelado a sí mismo, nos ha hecho capaces de conocerle. Es una palabra de ternura, no de dominación. Es cierto que Dios es ‘Señor’, pero como Padre, no como tirano. Y si podemos llamarle así es porque nos ha dado a su Hijo, que es quien lo da a conocer como Padre (Mt 11, 27). De hecho, la misión del Hijo no es otra que dar a conocer al Padre; por eso, en la oración que nos enseñó, nos invita a dirigirnos a Él. Dios nos deja asomarnos a su misterio, más aún, conocerlo y sumergirnos en él. Dios es un eterno flujo de amor, y no hay en él sombra ni oscuridad (1 Jn 1, 4), maldad ni malicia (St 1, 13). Dios es Amor.

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