La mula y el buey reconocen al Señor. ¿Y nosotros?

memorias-de-um-burro

“Conoce el buey a su dueño, y la mula el pesebre de su amo. Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1, 3). Esta profecía fue lo que movió a san Francisco de Asís a poner la mula y el buey entre las figuras del belén. Y sin embargo es también una profecía que tiene validez para nuestros días. Preparamos las fiestas, mucha gente se reúne en familia, nos hacemos regalos… pero ¡hay tantos que no saben ni siquiera lo que celebramos! Incluso, los hay que quieren borrar de la Navidad su sentido más profundo, y llegan a cambiar los nombres de estas fiestas llamándolas ‘fiestas de invierno’, o ‘fiestas de fin de año’. En los belenes una mula y un buey mudos miran atentos al niño Dios, mientras nosotros pasamos de largo sin reconocer al que yace en el pesebre. Parece que nuestro mundo se ha cansado de Dios, que queremos expulsarlo de nuestras vidas, parece que, como en Belén hace dos mil años, tampoco hay sitio hoy en las posadas del mundo para Jesús, María y José. Nos negamos a dar culto a ese niño Dios, pero acabamos dando culto a otros ídolos: el consumismo, el dinero, la comida… Anuncios de colonia, telediarios hablando de los precios del marisco, campañas publicitarias… Como dijo el cura de Ars, “quitadles a Dios, y acabarán adorando a las bestias”.

No escribo esto para hacer ver “qué mal está el mundo”, sino para que nosotros, los cristianos del siglo XXI, nos demos cuenta de que es labor nuestra que el mundo conozca el amor de Dios. Nuestra labor es evangelizar, es decir, anunciar el evangelio, la Buena Nueva. Debemos sembrar en nuestro mundo, tan necesitado de esperanza, la Buena Nueva del amor de Dios. Si nosotros nos callamos, ¿quién evangelizará? Si borramos los signos religiosos de nuestras vidas y de nuestras casas, ¿cómo sabrán qué celebramos estos días? Si nos avergonzamos de proclamar nuestra fe, ¿de qué modo cristianizaremos de nuevo el mundo? Si reconocemos que nuestro mundo cada vez más pasa con indiferencia ante el que está en el pesebre, pero no decimos una palabra y anunciamos quién es ese niño, el mundo seguirá su curso, y el niño, que quiere nacer en los corazones de los hombres, seguirá en el pesebre como una imagen muda.

El papa Francisco ha lanzado una llamada masiva a la evangelización. ¡Hemos de salir a las calles y anunciar la alegría del Evangelio, por amor a Dios y a los hombres! Igual que los pastores acudieron al portal y, llenos de alegría, iban contando a todos lo que les habían dicho los ángeles y lo que habían visto en el portal, también nosotros debemos irradiar con nuestras obras y palabras la alegría del Evangelio, para que el mundo crea. Recemos y trabajemos para que llegue el día en que no sólo la mula y el buey reconozcan al Señor, sino que también todo el pueblo de Dios conozca, comprenda y ame a Dios, y encuentre en él la paz.

Jesús María Silva Castignani