Capilla del Santísimo

Explicación de la Capilla del Santísimo

portada recortada

“He aquí que yo estoy con vosotros,
todos los días, hasta el fin del mundo”

(Mt 28, 20).

Índice.

I. Importancia y sentido del Sacramento de la Eucaristía.

II. El lugar de la Reserva.

III. Datos

  1. El autor
  2. Obras
  3. La síntesis final

IV. Inspiración bíblica

  1. La resurrección de Lázaro (lado derecho)
  2. La aparición a María Magdalena (lado izquierdo)
  3. El centro de la composición

V. Explicación detallada de la composición

  1. El conjunto.
  2. Los detalles.
  3. La inscripción.

VI. Conclusión

I. Importancia y sentido del Sacramento de la Eucaristía.

   “Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera” (SC 47).

   En este texto del Concilio Vaticano II encontramos un resumen muy hermoso de los que significa la Eucaristía para la Iglesia, ya que se hace alusión a los distintos aspectos del Misterio cristiano que celebramos y realizamos al celebrar la Misa. Por un lado, se trata de una conmemoración (anámnesis) de lo que sucedió en la Última Cena. El texto hace alusión a la Cena Pascual judía, que los judíos celebraban todos los años en torno a la Pascua, y que Jesucristo transformó en un Sacramento que había de convertirse en la fuente y el culmen de toda la vida cristiana (LG 11). Hace también alusión a la traición de Judas, el amigo de Cristo, que le vendió y entregó a la muerte, convirtiéndose así en una imagen de todos nosotros, que también, al pecar, traicionamos a Cristo y le damos la espalda, anteponiendo nuestros propios intereses al amor de Dios. Se nos recuerda, además, que la Última Cena fue también un anticipo de lo que Jesucristo iba a sufrir en la Cruz, puesto que el Señor no sólo predijo su Pasión, sino que también le dio un sentido redentor. “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 18).

   El Señor elige dar la vida, entregarla en la Cruz. Pero, ¿con qué finalidad? ¿Por qué entregar la vida en la Cruz? Precisamente las Palabras de Jesús en la Última Cena nos explican cuál es el sentido que Jesucristo dio a su muerte: “Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en conmemoración mía.» (Lc 22, 19). “Tomó luego el cáliz y, dadas las gracias, se lo dio diciendo: «Bebed de él todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26, 27 – 28). En el pan y el vino que el Señor consagra en la Última Cena, nos da el sentido redentor que dio a su muerte: se trata de su Cuerpo entregado por nosotros, de su sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados. De este modo, Jesucristo convierte su muerte en un Sacrificio para el perdón de los pecados, que sustituiría a los sacrificios de la Antigua Alianza, que se realizaban año tras año, intentando que por ellos Dios perdonara los pecados del pueblo. La Cruz se convierte así en el único Sacrificio definitivo, que definitivamente iba a perdonar los pecados de toda la humanidad: “Somos santificados, gracias a la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha de una vez para siempre” (Heb 10, 10).

   Pero por otro lado, lo que la Iglesia celebra no es sólo un recuerdo. El texto del Concilio nos dice que esa noche, Jesucristo “instituyó” algo. No se trataba de una mera explicación de lo que iba a suceder en la Pasión, sino que con esa celebración, quiso dejar algo instituido, para que sus discípulos lo renovaran a lo largo de la historia: “haced esto en conmemoración mía”. Lo que Jesucristo estaba realizando era también un Sacramento, un medio por el cuál nos iba a dar su gracia. De hecho, estaba instituyendo el Sacramento de los Sacramentos, el Santísimo Sacramento, en el cuál se nos iba a dar Él mismo, en su Cuerpo y su Sangre, para unirse a nosotros: “La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5). En la Última Cena, Jesucristo instituyó en Santísimo Sacramento, para que sus ministros lo renovaran a lo largo de la historia, en conmemoración suya.

   Pues bien, ¿qué es éste Sacramento, cuál es su sentido, qué contiene? ¿Por qué Jesucristo lo instituyó, que nos aporta renovarlo y repetirlo a lo largo de la historia? El texto que nos ha servido de comienzo nos va explicando los diversos aspectos del misterio eucarístico que edifican la Iglesia.

   a) La Eucaristía, perpetuación del Sacrificio de la Cruz. Como hemos visto, el único sacrificio que nos reconcilia con Dios es el Sacrificio de Cristo en la Cruz; pero éste sacrificio se perpetúa en la Eucaristía. Esto significa que el Sacrificio del Calvario se renueva en cada Eucaristía, cada Eucaristía tiene el poder de hacer simultáneo el Sacrificio de la Cruz con el presente de la Iglesia. A través de la Eucaristía, la eficacia redentora de la Cruz de Cristo llega a todo tiempo y a todo lugar, y se renueva a lo largo de la historia. La Eucaristía es un sacrificio, pero no es un sacrificio diferente del que realizó Cristo en la cruz, no es un sacrificio distinto ni añade nada al de Cristo en la Cruz, sino que lo actualiza, lo hace presente, lo renueva. La Iglesia de cada tiempo y de cada lugar renueva el Sacrificio de la Cruz y lo hace presente a través de la Eucaristía, y a través de ella los hombres de cada tiempo y lugar pueden unir su propia vida al sacrificio de Cristo. En la Eucaristía, Jesucristo “con su Carne vivificada y vivificante, da vida a los hombres, que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con El” (PO 5). Gracias a la renovación del Sacrificio de Cristo en el Sacrificio de la Eucaristía, Jesucristo siguen dando vida a los hombres de todo tiempo y lugar, y les posibilita ofrecerse a sí mismos, juntamente con Él, por la salvación del mundo. Por lo tanto, la Eucaristía tiene una dimensión sacrificial que renueva el misterio de la muerte de Cristo.

   b) La Eucaristía, memorial de la Resurrección de Cristo. La Eucaristía no es sólo el recuerdo y la renovación de la Muerte de Jesucristo, sino también de su Resurrección. Efectivamente, Jesucristo hoy está vivo y resucitado, en la Eucaristía no celebramos una muerte, sino que celebramos el misterio Pascual: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En ella no sólo renovamos el Sacrificio del Señor, sino también su triunfo sobre la muerte y su exaltación sobre los cielos. Así decimos en la Plegaria Eucarística: “Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo, te ofrecemos el Pan de Vida y el Cáliz de Salvación” (P.E. II). Jesucristo murió para resucitar, murió para poder entrar en el estado definitivo de vida a través de la resurrección, murió para ser glorificado, pues “era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar así en su gloria” (Lc 24, 26). Así pues, la Eucaristía es un memorial y una renovación del Misterio Pascual de Cristo, del cual nace y se alimenta la Iglesia: Pasión, Muerte y Resurrección.

   c) La Eucaristía, presencia real de Jesucristo. Precisamente, si la Eucaristía es renovación del la Resurrección de Cristo, quien está presente en ella es Cristo vivo. Como dicen los textos que ya hemos citado, la Eucaristía contiene a Cristo mismo, que se hace verdaderamente presente bajo las especies del pan y del vino, que después de la consagración ya no son pan y vino, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo. Así decía el texto del Concilio que nos ha servido de hilo conductor: en el banquete pascual de la Eucaristía, se come a Cristo. Él está verdaderamente presente, substancialmente presente. Después de la Consagración los ojos de nuestro cuerpo ven sólo pan y vino, pero por la fe nuestra alma descubre el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así, quien está reservado en el Sagrario es Jesucristo mismo, que se queda con nosotros, cumpliendo así de modo admirable la promesa que realizó antes de su ascensión: “he aquí que yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Por lo tanto, cuando entramos en la capilla, ante el Sagrario, entramos en la presencia del Dios vivo, el Hijo de Dios, creador del mundo, el mismo que se encarnó de María, el mismo que pasó predicando, sanando a los enfermos y expulsando a los demonios, el mismo que padeció en la Cruz, el mismo que resucitó de entre los muertos, el mismo que está sentado a la derecha del Padre, el mismo que al final de los tiempos vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos. Y éste mismo es a quien recibimos al comulgar. La Eucaristía no es un signo, no es un símbolo ni un recuerdo; es la realización del Misterio Pascual que hace presente substancialmente a Cristo, que entra en comunión con nosotros y se queda con nosotros en el Sagrario.

   d) La Eucaristía, banquete pascual y prenda de la gloria venidera. En la Eucaristía se nos anticipa del cielo, en el que Dios lo será todo para todos (1 Cor 15, 28), en el cual Cristo será el alimento que nos dará vida eterna. Por eso la Eucaristía es un banquete en el cual nos alimentamos ya del manjar que será nuestro sostén en el cielo durante toda la eternidad. Y ese banquete pascual lo viviremos en cuerpo y alma, ya que el Señor ha prometido que nos resucitará al final de los tiempos. Así dijo Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Is 6, 54). De este modo, la Eucaristía se convierte en una promesa y una prenda de nuestra futura resurrección. Cristo resucitó, y nos resucitará también a nosotros (cf. 1 Cor 15, 20 – 22); y la Eucaristía es una promesa de esta resurrección y un anticipo de la gloria futura que viviremos, en cuerpo y alma, en el banquete de bodas del Cordero.

II. El lugar de la Reserva.

   La Eucaristía fue instituida como celebración, y para que el pueblo de Dios comulgara el Cuerpo de Cristo. Pero con el paso del tiempo, la Iglesia comenzó a reservar el Santísimo después de la Eucaristía, para poder llevarlo a los enfermos; consciente de la presencia real de Cristo bajo la especie del pan, la reserva comenzó a hacerse en un lugar destacado, donde los fieles acudían a orar espontáneamente, sabiendo que quien estaba realmente en el Tabernáculo era el Hijo de Dios. Así surgió también, progresivamente, la adoración del Señor en la Sagrada Eucaristía. Por ello, la finalidad de la reserva del Santísimo es doble: la comunión a los enfermos, y la adoración del Santísimo.

   “Según la estructura de cada iglesia y las legítimas costumbres de cada lugar, el Santísimo Sacramento será reservado en un sagrario, en la parte más noble de la iglesia, más insigne, más destacada, más convenientemente adornada y también, por la tranquilidad del lugar, apropiado para la oración, con espacio ante el sagrario, así como suficientes bancos o asientos y reclinatorios” (RS 130). Éste texto del documento sobre la Eucaristía Redemptionis Sacramentum, de la Congregación para el Culto Divino, nos hace caer en la cuenta de la importancia que tiene el lugar de la reserva, o capilla del Santísimo. Efectivamente, si la Eucaristía es Dios mismo que se queda en medio de nosotros, hemos de cuidar sumamente el lugar donde reservamos al Señor, ya que es el Palacio del Rey, el Trono de Dios, la Tienda del Encuentro. Ha de ser la zona más noble de la Iglesia, más destacada y mejor adornada; y asimismo, ha de ser un lugar tranquilo, apropiado para la oración, que facilite y propicie el encuentro silencioso con Cristo verdaderamente presente en el Sagrario. Para apropiar la capilla a los fines de la reserva eucarística, nos decidimos a emprender la reforma de la capilla de la reserva en la parroquia de San Leopoldo, a fin de convertirla en un lugar más digno, con mayor decoro y ornato, para hacer de ella el lugar más noble de la iglesia, donde pueda residir dignamente el Rey de Reyes y Señor de Señores; y también para hacer de ella ese lugar de recogimiento, paz y oración, donde todo ayude a los fieles a caer en la cuenta de Quién es el que está en el Sagrario, donde todo señale a Cristo, muerto y resucitado, donde todo invite al encuentro íntimo y silencioso con Él. El eje de toda la capilla de la reserva es el Sagrario, donde se halla Jesucristo resucitado, vivo y presente verdadera y sustancialmente en las especies eucarísticas que se reservan en el Tabernáculo. Él es la piedra angular por la que todo el edificio queda ensamblado, la roca sobre la que se edifica la casa, el Alpha y la Omega. Todo el conjunto de la pintura nos ayuda a centrarnos en Él, a comprender el significado de su presencia eucarística y a abrir a Él nuestro corazón. Hemos querido idear un mural que refleje los diferentes aspectos del misterio eucarístico que hemos señalado más arriba: la Eucaristía como Sacrificio, memorial de la resurrección de Jesucristo, donde Él está verdaderamente presente anticipando la gloria futura de la que participaremos en la resurrección.

III. Datos

1. El autor

Autor   El autor en que nos inspiramos para el fresco es Giotto di Bondone (Colle di Vespignano, 1267 – Florencia, 8 de enero de 1337), más conocido solo por su nombre de pila: el Giotto. Fue un notable pintor, escultor y arquitecto italiano del Trecento. Se le considera el primer artista de los muchos que contribuyeron a la creación del Renacimiento italiano y uno de los primeros en romper las limitaciones del arte y los conceptos medievales. Se dedicó fundamentalmente a pintar temas religiosos, siendo capaz de dotarlos de una apariencia terrenal, llena de sangre y fuerza vital.

2. Obras

   Los dos frescos fundamentales en que nos basamos para hacer la composición son la aparición a María Magdalena (a la izquierda) y la resurrección de Lázaro (a la derecha).

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Aparición a María Magdalena. Capilla de los Scrovegni (Padua)

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Resurrección de Lázaro [1]. Capilla de los Scrovegni (Padua)

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Resurrección de Lázaro [2]. Basílica de San Francisco (Asís)

   Los dos primeros cuadros están en la capilla de los Scrovegni, en Padua (Italia). Esta capilla, también llamada capilla de la Arena, alberga un célebre ciclo de frescos de Giotto, considerados una de las cumbres del arte occidental. El edificio, construido en ladrillo, tiene planta rectangular y está cubierto con bóveda de cañón. En el exterior, la capilla se presenta como una construcción —varias veces modificada en el curso de los siglos— con contrafuertes vistos y tejado a dos aguas. Dedicada a Santa María de la Caridad, la capilla fue erigida, probablemente entre los años 1303 y 1305,1 por orden de Enrico Scrovegni, que pretendía así expiar los pecados de su padre, conocido usurero. La capilla tenía finalidad funeraria, y el propio Enrico (muerto en 1336) está enterrado allí. Su sarcófago se encuentra detrás del altar.

   Los frescos de la capilla de los Scrovegni están dispuestos en tres bandas horizontales superpuestas. Cada una de las bandas está dispuesta en seis recuadros sucesivos, lo que hace un total de 36 cuadros. El orden narrativo es de izquierda a derecha y de arriba a abajo.

   En la banda superior del muro izquierdo, se relata la vida de San Joaquín y Santa Ana. Su continuación, en el muro frontero, es la historia de la Virgen, con episodios como La presentación de María en el Templo. De nuevo en la pared izquierda se relatan episodios del nacimiento e infancia de Jesús, como la huida a Egipto. El lado opuesto se inicia con la disputa con los doctores, y continúa con escenas de su vida pública (bautismo en el Jordán, milagro de las bodas de Caná, resurrección de Lázaro, entrada en Jerusalén y expulsión de los mercaderes del templo). Las bandas inferiores de ambos muros están dedicadas a narrar la Pasión, la Lamentación sobre Cristo muerto y la Resurrección de Cristo. El último de los 36 cuadros representa el milagro de Pentecostés, inicio simbólico de la acción de la Iglesia en la tierra.

   El segundo fresco de la resurrección de Lázaro, diferente del que se encuentra en la capilla de los Scrovegni, se halla en la basílica de San Francisco, en Asís (Italia). La capilla de la Magdalena, entre el transepto norte y la nave principal de la basílica Inferior de Asís, desarrolla un ciclo narrativo que se le encargó a Giotto hacia 1314. Pero aunque el artista diera los modelos, la mayoría de los historiadores intuyen que la realización fue de alguno de los colaboradores del maestro.

3. La síntesis final

   Estas composiciones originales han sido adaptadas al espacio de la capilla, simplificadas, y enriquecidas con detalles e ideas originales al servicio de la carga simbólica de la composición. El mural de  nuestra capilla es una pintura sobre una tabla de 7’71 por 2’30 metros, cuyo centro es el Sagrario, con la cruz sobre el mismo. La puerta del Sagrario de nuestra capilla nos presenta la escena de los discípulos de Emaús, que reconocieron al Señor verdaderamente presente en la fracción del pan, resaltando así la idea de la presencia real de Cristo en la Eucaristía; e invitando a los fieles a repetirle a Cristo la invitación de los discípulos de Emaús: quédate con nosotros, Señor. La cruz sobre el Sagrario nos presenta a un Cristo Rey neorrománico, recordando al mismo tiempo la muerte del Señor y su resurrección.

   La unión de ambos elementos pasó por diferentes fases de diseño desde los primeros bocetos hasta la versión final.

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   Este primer boceto presenta posibles ideas para la armonización de las tres pinturas en torno al Sagrario. Estas ideas, en diálogo con el artista anónimo que ha pintado la composición, fueron poco a poco cobrando forma y concretándose.

En este segundo boceto podemos ver una evolución y concreción de las ideas originales.

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Finalmente, este último boceto sirvió de base para la composición final, que podemos apreciar ahora en la capilla.

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   Y aquí podemos apreciar la forma definitiva de la composición.

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IV. Inspiración bíblica

   El cuadro representa, a la izquierda, el huerto cercano al Calvario, en las afueras de Jerusalén, donde fue enterrado el Señor tras su crucifixión; en este lado, al fondo se ve el templo de Jerusalén. A la derecha se representa Betania, también a las afueras de Jerusalén, donde vivían Lázaro y sus hermanas, Marta y María. Así, la pintura goza de una lógica simétrica, que representa en paralelo las dos vistas de Jerusalén: una desde el huerto de la sepultura (izquierda), y otra desde Betania (derecha). Por ello aparece dos veces el Templo de Jerusalén, desde ambas perspectivas diferentes; y por ello aparece dos veces el Calvario, a la derecha con un árbol lozano, puesto que Cristo aún no había sido crucificado, y a la izquierda con ese mismo árbol talado, puesto que ya Cristo había descendido de la cruz. A ambos, lados, en el Calvario aparece la calavera de Adán, puesto que, según la tradición judía, en el monte Calvario estaría enterrado el primer hombre, Adán.

      1. La resurrección de Lázaro (lado derecho)

   Respecto a la resurrección de Lázaro, el Evangelista San Juan nos narra el episodio:

   “Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.» Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.» Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él.» Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»

   Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.» Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.» Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.» Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.» Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde él. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.» Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.» Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?» Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.» Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.» Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.» Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.

   Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.  Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.» Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación – y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día, decidieron darle muerte”.

(Jn 11, 1 – 7. 11 – 29. 32 – 53)

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   En relación con este texto, en el lado derecho de la composición encontramos, junto al Sagrario, a Marta y María, hermanas de Lázaro, postradas en adoración ante Cristo vivo, que acaba de resucitar a su hermano. Al pie del sagrario, el frasco de nardo nos recuerda el episodio, narrado por Juan en el texto citado más arriba, en que María unge los pies de Jesús con el perfume, y los enjuga con sus cabellos.

   Detrás de Marta y María podemos ver la tumba de Lázaro, abierta, precedida por unas escaleras. Sobre ella, simbólicamente, aparece el monte Gólgota, el Calvario, con el árbol, signo de la cruz, y la calavera de Adán a sus pies. En seguida explicaremos estos símbolos.

   Más a la derecha, sobre la losa que cubría el sepulcro, encontramos a Caifás, citado también por San Juan justo después de la resurrección de Lázaro; Caifás era el Sumo Sacerdote del Templo, y fue también quien condenó a Jesús con el sanedrín; señala, con un dedo acusador, a Cristo, y a la vez al templo de Jerusalén. Éste Templo aparece también sobre Caifás, en la cima del monte Sión. Junto a Caifás encontramos a Lázaro, aún cubierto de vendas, con un pie sobre la losa, y otro fuera. Y junto a Él al evangelista San Juan, presente en el episodio histórico y narrador del suceso representado en la pintura.

      1. La aparición a María Magdalena (lado izquierdo).

   También San Juan nos narra en su evangelio este episodio:

   “El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,  y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le dicen: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabboni» – que quiere decir: «Maestro» -. Jesús le dice: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras”.

(Jn 20, 1. 11 – 18).

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   En el lado izquierdo de la composición hallamos, bajo el sagrario, dos plantas, y entre ellas, un pavo real. A la izquierda del Sagrario, encontramos a María Magdalena, en adoración hacia Jesús resucitado, con las manos extendidas, intentando tocarle. Sobre ella, el mismo árbol del lado contrario talado, y también con la calavera; y sobre él, una paloma en vuelo, símbolo del Espíritu Santo; y un poco a su derecha, una pequeña zarza. A la izquierda de María Magdalena, hallamos a los dos ángeles, sentados sobre el sepulcro de Cristo, en mármol rojizo, señalando ambos hacia el resucitado. Entre ellos, un poco más alto, el Templo de Jerusalén.

      1. El centro de la composición

   En el centro hallamos el Sagrario o Tabernáculo, donde se reserva la Eucaristía, que es presencia real de Cristo, muerto y resucitado. Para englobarlo se abre un círculo rojo, rodeado por dos círculos, verdad y naranja, y enmarcado por una frase en latín: “EGO SVM PANIS VITAE QUI PRO VOBIS TRADETVR”; que se traduce al castellano de la siguiente manera: “Yo soy el Pan de  la Vida que se entrega por vosotros”.

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V. Explicación detallada de la composición

      1. El conjunto

   El cuadro se puede mirar en una doble dirección: cronológica o teológica.

   La lectura cronológica se efectúa de derecha a izquierda, puesto que la resurrección de Lázaro sucedió antes que la resurrección de Cristo. La lectura teológica se realiza de izquierda a derecha, puesto que la resurrección de Cristo es preludio y primicia de nuestra resurrección.

   Jesucristo resucitó al tercer día tras su muerte, con un cuerpo glorioso, que ya no puede morir, y así entró con su gloria en el Reino del Padre, y se sentó a su derecha, mientras espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies; entonces volverá para resucitar a los muertos, y con él descenderá la Jerusalén celestial. En ella viviremos gloriosos y resucitados, hechos semejantes a Dios, por toda la eternidad; en ella Dios lo será todo para todos, puesto que Cristo será nuestra lámpara, y veremos al Padre cara a cara. Quien está verdaderamente presente en el misterio eucarístico no es otro que Jesucristo resucitado, vivo y presente en medio de nosotros. Por eso el Sagrario, donde está el Señor verdaderamente presente, ocupa el centro de la capilla. Donde Giotto pintó a Cristo resucitado, nosotros hemos puesto, no ya una imagen, sino la realidad del mismo Cristo glorioso y viviente, ante quien se postran Marta y María, y también María Magdalena, al que miran gozosos los ángeles, San Juan y Lázaro, a quien señala, sin mirarle, Caifás. Él es el eje que estructura el cuadro, es el centro de nuestra capilla de la reserva, porque Él es el origen, guía y meta del universo, el eje de la historia, en centro de la vida de la Iglesia, el primogénito de entre los muertos, el Alfa y Omega, el que era, es y ha de venir, el Todopoderoso, el Viviente. Todo en la composición invita a fijar los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Cristo Jesús; todo invita a postrarse en adoración y recogimiento ante Él, reconociendo su presencia gloriosa y misteriosa en el Santísimo Sacramento, donde la vista, el gusto y el tacto fallan, pero la fe confiesa al Señor resucitado, vivo y presente.

   El lado izquierdo nos recuerda el episodio histórico de su resurrección, y el lado derecho nos recuerda que también nosotros resucitaremos. El conjunto del cuadro manifiesta esta verdad teológica: Su resurrección es primicia de nuestra resurrección; por eso la Sagrada Escritura llama Cristo el primogénito de entre los muertos. San Pablo nos recuerda que si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que han muerto. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Cor 15, 20 – 22). Y el mismo Cristo nos promete que nos resucitará al final de los tiempos, precisamente en el discurso del Pan de Vida: “Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.  Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre»” (Jn 6, 53 – 58).

   Ése pan eucarístico que es la carne de Jesús, con cuya comunión se siembra en nosotros la promesa de la resurrección, está presente en el Sagrario, y no es sino Jesús vivo, glorioso y presente en la Eucaristía. Al orar antes esta composición artística, nuestros ojos se fijan en Jesús, que resucitó, está presente en el Sagrario, y nos promete una resurrección como la suya, si participamos dignamente del Sacrifico Eucarístico. Orar ante esta pintura, y adorar a quien es su centro, despierta en nuestros corazones el deseo de recibir al Señor en la Eucaristía, y enciende en nuestros corazones la esperanza de la vida eterna.

      1. Los detalles.

   Con esta idea de fondo, hemos querido significar en la capilla los diferentes aspectos del misterio eucarístico que hemos señalado más arriba: (a) la Eucaristía como Sacrificio, (b) memorial de la resurrección de Jesucristo, (c) donde Él está verdaderamente presente (d) anticipando la gloria futura de la que participaremos en la resurrección. Cada uno de los elementos del cuadro contiene simbólicamente uno o varios de estos aspectos de la Eucaristía, y quieren ayudarnos a comprenderlos y vivirlos más hondamente.

2.1. El Cuerpo de Cristo presente en el Sagrario.

   El elemento fundamental del aspecto de la presencia real en la Eucaristía lo constituye el Sagrario, donde se reserva el Cuerpo de Cristo para la oración y devoción de los fieles, y para distribuirlo a los enfermos. El Sagrario es el centro y el eje de la capilla, el “sancta sanctórum”, donde se esconde y al mismo tiempo se revela el Dios vivo y verdadero; es el lugar del encuentro misterioso con Dios, donde la presencia palpitante del Corazón de Cristo permanece en vela, día y noche; es el secreto rincón de nuestra parroquia donde deben vivir permanentemente nuestros corazones. El Sagrario, en su puerta, nos muestra el episodio de los discípulos de Emaús, en el cual Cristo resucitado explica las Escrituras a sus discípulos, es apremiado a quedare con ellos, y se revela en la fracción del Pan. Del mismo modo, en el misterio eucarístico, Cristo nos abre el corazón para descubrirle en su Palabra, se nos hace accesible en la fracción del Pan, y se queda verdaderamente con nosotros. El Sagrario, pues, con el Cuerpo del Señor custodiado en su seno, es el lugar donde se hace verdad la profecía de Isaías, que nos prometía que la Virgen daría a luz un Hijo, que sería en verdad el Emmanuel: el Dios con nosotros.

   Sobre el Sagrario, hallamos la cruz del gloriosa de Cristo Rey. Ella es el trono sobre el que el Señor quiso reinar, signo perenne de su amor por nosotros. En esta cruz encontramos a un Cristo Rey resucitado sobre la cruz: así este signo resalta que la Eucaristía es actualización del Misterio Pascual de Cristo: Pasión, muerte en Cruz y Resurrección.

2.2. El Templo.

   El Templo de Jerusalén era el lugar privilegiado de la presencia de Dios; éste templo, que Caifás temía fuera destruido, fue efectivamente arrasado en torno al año 70 después de Cristo por el general Tito, que después sería emperador de Roma. El templo situado en el lado derecho, nos muestra la puerta dorada, que es la puerta del Templo que daba a Betania, y por la cual entró Jesús en el Templo en su última Pascua.

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   La presencia del Templo nos recuerda que el verdadero Templo no es el templo material, que aparece a la derecha y a la izquierda, y que sería destruido; sino que el verdadero Templo es el Cuerpo de Cristo, presente en el Sagrario. De este Templo de su Cuerpo el Señor profetizó su muerte y resurrección: “Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruid este Templo y en tres días lo levantaré.» Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús” (Jn 2, 18 – 22). La presencia del Templo es, pues, también, una alusión al misterio de la muerte del Señor, y de su resurrección.

20141110_220325   El Templo para los judíos era el lugar privilegiado de la presencia de Dios, sobre todo el “sancta sanctórum”, que estaba separado del resto del mundo por un velo, y en el que entraba sólo el sumo sacerdote una vez al año para hacer la expiación. Sin embargo, tras la muerte de Cristo, ese velo se rasgó, ya que la presencia de Dios no estaría en el Templo, sino en Cristo resucitado, que es el verdadero Templo en el que Dios sale al encuentro de los hombres. La presencia del Templo en el cuadro nos remite a este nuevo Templo que es el Cuerpo de Cristo, presente en el Sagrario, que se ha convertido ahora en el lugar de encuentro entre Dios y nosotros, porque en Él se nos da plenamente el Señor, y en su humanidad la nuestra se entrega plenamente a Dios. El Templo de Jerusalén fue destruido, mientras que el nuevo y definitivo Templo, que es el Cuerpo de Cristo presente en la Eucaristía, no puede ser destruido jamás, sino que permanece para siempre.

20141111_220307   El templo es signo del Cuerpo de Cristo, destruido y reedificado en la resurrección; y lo es también de nuestro propio cuerpo, hecho templo del Espíritu Santo por el bautismo, que ciertamente será destruido por la muerte, pero que será revivificado por la resurrección. Igual que el Templo que aparece en el cuadro fue destruido, nuestro cuerpo lo será por la muerte; pero del mismo modo que el Cuerpo de Jesús fue reconstruido por la resurrección, así también nuestro cuerpo será vivificado al final de los tiempos, para no ser destruido jamás. Así, la presencia del Templo nos recuerda, por un lado, la caducidad de nuestra vida mortal; y por otro, la promesa de la resurrección definitiva a la que Dios nos llama en Cristo Jesús.

2.3. La zarza

20141110_220453   La pequeña zarza situada junto al Templo en el lado izquierdo de la composición, nos recuerda a la zarza ardiente, en cuya figura el Dios de Abrahán  se hizo presente a Moisés, el salvador del pueblo. Esa zarza era signo de la presencia real del Dios de Israel, que no había abandonado ni olvidado a su pueblo, sino que se manifestaba como el Dios que vela, y que había oído los gemidos de su pueblo en Egipto, prometiendo que Él mismo bajaría para liberarlos. La zarza ardía sin consumirse, mostrando, en primer lugar, que Dios es eterno e incorruptible; en segundo lugar, que permanece siempre con nosotros, sin desaparecer; y en tercer lugar, que su mismo ser arde de amor por nosotros, y se compadece de nuestras miserias, como se compadeció de las de su Pueblo en Egipto. Sin embargo, la zarza de nuestro cuadro no arde, pues era sólo un símbolo de la verdadera presencia de Dios, que se haría plena en Jesucristo. Esa zarza nos recuerda que el Dios vivo permanece ardiendo de amor en medio de nosotros en la Sagrada Eucaristía.

2.4. El árbol de la Cruz.

   En primer lugar, el árbol que aparece tanto en el lado derecho como en el izquierdo, en un caso lozano y en otro talado. Éste árbol es un signo de la Cruz de Cristo, en la que nuestro Señor fue crucificado y derramó su sangre para redimir nuestros pecados. La forma de éste árbol es la Tau, el signo con el que, según el profeta Ezequiel (cf. Ez 9, 4 – 6), serían marcados los que había de salvarse, signo que después sería explicado por los Padres de la Iglesia como signo de la cruz, y que también tomaría San Francisco de Asís como signo de la cruz. Éste árbol, sobre la calavera de Adán, hace 20141110_220504alusión al árbol del conocimiento del bien y del mal, el único del que se pidió a los primeros hombres que no comieran; ante él, seducidos por Satanás, los hombres sucumbieron al pecado, y extendieron su mano para comer lo que les estaba vedado. El árbol del conocimiento del bien y del mal fue, por tanto, el origen del pecado, y la causa de que nuestro Señor tuviera que padecer la cruz. A éste árbol se subió el Señor, y en Él fue crucificado, para deshacer la desobediencia de nuestro primer Padre, Adán. Así lo expresaba en un poema el místico San Juan de la Cruz:

“Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado”.

20141110_220448   En un árbol Adán desobedeció, no queriendo sujetarse a la voluntad del Padre, y ganando así la muerte para sí mismo y para su descendencia; y en un árbol, el nuevo Adán, Jesucristo, quedó sujeto a la voluntad del Padre obedeciendo, y con su muerte ganó la vida para sí y para la descendencia de Adán. Éste árbol aparece en el lado derecho de la composición, esperando para recibir al Señor; pero en el lado izquierdo, en el que el Señor ya ha resucitado, aparece talado, puesto que en la resurrección de Cristo esa muerte a la que sucumbieron Adán y Eva ha sido destruida y sometida. El árbol de la deshonra ha sido talado, y en su lugar aparece el Espíritu Santo, el gran don de la Pascua, el fruto del árbol de la vida, que vivificó el Cuerpo del Señor en la resurrección, y que vivificará también nuestros cuerpos mortales. Así, la calavera de Adán, en el lado derecho, es un signo de la muerte de los hombres, esperando a ser redimidos de sus pecados; y en el lado izquierdo es signo de los hombres redimidos, pero aún muertos, que esperan la resurrección de la carne.

   El árbol de la cruz tenía que aparecer en la composición, puesto que nos recuerda el inmenso amor que Dios nos tiene, al respetar nuestra libertad cuando pecamos, y la inmensa misericordia que Dios nos ha mostrado al entregar a su propio Hijo por nosotros, para que podamos ser liberados de nuestros pecados.

   Si contemplamos la dimensión teológica del cuadro, la resurrección de Lázaro representa la futura resurrección de la que participaremos nosotros. Visto así, el árbol que aparece es un símbolo del Árbol de la Vida, que estaba también sembrado en el Paraíso. De él se nos dice que, si el hombre comiera de él, viviría eternamente. Éste árbol que le fue vedado a Adán y Eva, se nos dará en plenitud en la resurrección, donde viviremos de su fruto: la vida eterna. En él la calavera simboliza la muerte derrotada, de la cual brota la vida. Ese árbol no es otro que Jesucristo, el Señor, que nos ofrece del fruto que nos dará la eternidad: el Espíritu Santo.

2.5. El Espíritu Santo.

   Si en el lado derecho de la pintura hallábamos el árbol del conocimiento del bien y del mal, signo de la cruz a la que había de encaramarse el redentor, en el lado izquierdo hallamos que dicho árbol ha sido talado, pues en la resurrección de Cristo la muerte ha sido vencida, y condenado el protocolo que nos condenaba; y en su lugar hallamos la blanca paloma, símbolo del Espíritu Santo, que según el evangelista San Lucas, descendió sobre Jesús en figura corporal de paloma. Ésta paloma trajo también un ramo de olivo al arca de Noé, cuando fue soltada para comprobar si habían menguado las aguas del diluvio; y regresó como signo de la nueva alianza, con la rama de olivo en el pico para simbolizar la unción del óleo santo que nos consagra como templos del Espíritu Santo.

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   El gran fruto del Misterio Pascual de Cristo es el don del Espíritu. Si el árbol del conocimiento traía la muerte, el Espíritu da vida, es Señor y dador de vida. El gran don que Cristo nos entrega en su cruz y resurrección es el Espíritu Santo, que nos conduce a una vida nueva. Así lo indica San Juan cuando narra la primera aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, al atardecer del domingo:

   “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»” (Jn 20, 19 – 23).

   Efectivamente, si se nos ha dado la plenitud del Espíritu Santo, es señal de que Cristo ha resucitado, puesto que, como indica también San Juan, la plenitud del don del Espíritu Santo coincide con la glorificación de Cristo: “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba  el que crea en mí», como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37 – 39). El Espíritu Santo es quien resucitó a Jesucristo de entre los muertos, y es también el gran don de Cristo resucitado, que nos lo dona sin medida, para vivificar nuestros cuerpos mortales. En la pintura el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en el sagrario, indicando también que Jesucristo es “el Mesías”, es decir, el ungido: aquél sobre quien reposa la plenitud del Espíritu Santo, aquél que ha sido señalado por el Padre como el único Mediador entre Dios y los hombres, tras del cual no hemos de esperar a ninguno más. La presencia del Espíritu Santo en la composición nos invita, una vez más, a mirar a Cristo, el ungido, recordando las palabras del Padre cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él en el bautismo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17).

   Sobre Cristo resucitado, pues, reposa la plenitud del Espíritu Santo, de modo que se cumplen las palabras del profeta Isaías: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad. Y le inspirará en el temor del Señor” (Is 11, 1 – 3).  “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia del Señor” (Is 61, 1 – 2). Cristo resucitado se ha convertido en un manantial del Espíritu Santo, glorificado, hecho espíritu que da vida, y nos da su Espíritu sin medida.

   El Espíritu Santo, el gran don de la Pascua, va ungiendo nuestros cuerpos mortales ya asemejándolos al Verbo Divino; y al final de los tiempos, cuando llegue lo definitivo, Él mismo dará la vida a nuestros cuerpos mortales, resucitándolos para la eternidad. El Espíritu Santo nos divinizará, haciéndonos plenamente semejantes al Padre cuando lo veamos cara a cara; y éste Espíritu Santo se nos ha dado ya en prenda, de modo que poseemos una primicia de la vida futura. Esta presencia del Espíritu Santo en nosotros es prenda y garantía de la resurrección final.

2.6. El sepulcro de Cristo.

20141110_220346   A la izquierda, en mármol rojizo, puede verse la tumba del Señor, tal como la representaba el Giotto. La presencia de la tumba nos recuerda que el Señor murió, y fue sepultado, y hace alusión, por tanto, a la dimensión sacrificial de la Eucaristía, presente en tantos elementos de la composición artística. Sin embargo, ese sepulcro está vacío, porque quien yació en Él se levantó de entre los muertos.

2.7. Los ángeles.

20141110_220317   Estos seres espirituales, que verdaderamente existen y actúan en la vida de la Iglesia, son los testigos de la resurrección, y según otros evangelistas, son quienes anuncian a las mujeres el anuncio de la resurrección.

   “El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado»” (Lc 24, 1 – 6). Así, la presencia de los ángeles nos recuerda que la Eucaristía es también anuncio y conmemoración de la Resurrección de Cristo, como proclamamos solemnemente, como los ángeles, después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!”.

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   Los ángeles están uno a la cabecera, y otro a los pies de la sepultura, tal como indica el evangelista san Juan en la aparición a María Magdalena (Jn 20, 12).

2.8. María Magdalena.

   Todo el lado izquierdo de la pintura muestra la aparición del resucitado a María Magdalena, y es una confesión de fe en la resurrección del Señor, que sucedió verdaderamente al tercer día tras su Pasión.

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   El Señor se dejó ver en primer lugar de María Magdalena, que se convirtió así en apóstol de los apóstoles, puesto que fue la primera en anunciar la resurrección a los Once. La presencia de María Magdalena nos recuerda la dignidad de la mujer, a la que el Señor dio un valor supremo, en contra de las costumbres de su tiempo. En un juicio judío, el testimonio de una mujer no valía: tenía que haber al menos dos mujeres para que su testimonio fuese válido; y además, el testimonio de dos mujeres se equiparaba al de un solo hombre. Jesús eligió precisamente a una mujer sola como testigo de la resurrección, mostrando así que a sus ojos, la mujer tiene la misma dignidad y el mismo valor que el hombre; y eligió precisamente a una mujer pecadora como testigo de su resurrección, para mostrar, como dice San Pablo, que “Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1 Cor 1, 27 – 29).

20141110_220709   Por otra parte, en el cuadro, bajo el manto de luto de María Magdalena se descubre que ella va vestida de novia. Se convierte así en una figura de la Iglesia, que, como la novia del cantar de los cantares, apesadumbrada porque se han llevado al esposo, sale a buscarlo hasta que lo halla, y se llena de gozo: “En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma. Abrí a mi amado, pero mi amado se había marchado. El alma se me salió a su huida. Lo busqué y no lo hallé, le llamé, y no me respondió. Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré. Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad: «¿Habéis visto al amor de mi alma?» Apenas los había pasado, cuando encontré al amor de mi alma. Lo he abrazado y no lo soltaré” (Ct 3, 1 – 4; 5, 6).

20141110_220357   En último lugar, junto a María Magdalena, hallamos siete piedrecitas, que tienen una muy rica simbología. Por un lado, la Sagrada Escritura nos dice que el Señor expulsó de María Magdalena siete demonios. Estas siete piedras son también signo de los siete pecados capitales, que María Magdalena dejó atrás al seguir a Jesús. Por otra parte, la Tradición ha señala que aquella pecadora pública a la que iba a apedrear, no era otra que María Magdalena; así, estas piedrecitas hacen alusión a aquellas piedras que iba a arrojar contra la mujer adúltera, y que son depositadas a los pies de Jesús, cuya sentencia permanece aún resonante en nuestros oídos: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8, 7).

 2.9. El pavo real.

   El majestuoso pavo real muy pronto pasó a la iconografía cristiana como un signo de la resurrección de Cristo, si bien los expertos se dividen a la hora se señalar el motivo. Fundamentalmente tres motivos hicieron que se introdujese esta imagen en la iconografía cristiana de la resurrección. El pavo real renueva totalmente su plumaje en primavera, coincidiendo con el tiempo de la Pascua, lo cual hizo a los cristianos ver en esta ave un signo de Cristo muerto y resucitado, cuyo cuerpo en su Pascua se muda de mortal en inmortal, y de corruptible en majestuoso. En segundo lugar, en la antigüedad cristiana se extendió la idea de que la carne del pavo real era incorruptible.

   El tercer motivo es quizá el más interesante. En la antigua mitología romana y griega se hablaba del ave Fénix, un ave que, al morir, ardía, y renacía de sus propias cenizas. Esta ave se identificó, ya en la cultura romana, con el pavo real, y así pasó a la iconografía cristiana. Del mismo modo que el ave Fénix moría consumida al final de su vida, pero renacía renovada de sus cenizas, así Cristo murió en su carne mortal y renació por su resurrección con una carne gloriosa y majestuosa. La creencia en esta ave se muestra ya en la carta del papa San Clemente a los Corintios, escrita a finales del siglo I:

   “Entendamos, pues, amados, en qué forma el Señor nos muestra continuamente la resurrección que vendrá después; de la cual hizo al Señor Jesucristo las primicias, cuando le levantó de los muertos. Consideremos, amados, la resurrección que tendrá lugar a su debido tiempo. (…) Consideremos la maravillosa señal que se ve en las regiones del oriente, esto es, en las partes de Arabia. Hay un ave, llamada Fénix. Esta es la única de su especie, vive quinientos años; y cuando ha alcanzado la hora de su disolución y ha de morir, se hace un ataúd de incienso y mirra y otras especias, en el cual entra en la plenitud de su tiempo, y muere. Pero cuando la carne se descompone, es engendrada cierta larva, que se nutre de la humedad de la criatura muerta y le salen alas. Entonces, cuando ha crecido bastante, esta larva toma consigo el ataúd en que se hallan los huesos de su progenitor, y los lleva desde el país de Arabia al de Egipto, a un lugar llamado la Ciudad del Sol; y en pleno día, y a la vista de todos, volando hasta el altar del Sol, los deposita allí; y una vez hecho esto, emprende el regreso (…)

   ¿Pensamos, pues, que es una cosa grande y maravillosa si el Creador del universo realiza la resurrección de aquellos que le han servido con santidad en la continuidad de una fe verdadera, siendo así que Él nos muestra incluso por medio de un ave la magnificencia de su promesa? Porque Él dice en cierto lugar: Y tú me levantarás, y yo te alabaré; y: Me acosté y dormí, y desperté; porque Tú estabas conmigo. Y también dice Job: Tú levantarás esta mi carne, que ha soportado todas estas cosas”.

(De la carta de San Clemente, papa, a los Corintios, XXIV – XXVI)

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   En este texto vemos que el pavo real no es sólo un símbolo de la resurrección de Cristo, sino también de nuestra propia resurrección. Como el ave Fénix se consumía y resurgía de sus cenizas, así también nosotros, si bien tenemos la certeza de la muerte, tenemos también la certeza de que del polvo de nuestro cuerpo, corrompido por la muerte, Dios levantará de nuevo nuestro cuerpo, haciéndolo inmortal y glorioso, para participar con Él de su misma gloria. Así el pavo real nos recuerda la promesa de la resurrección.

   Sin embargo, el pavo real se suele representar con la cola replegada, como signo de humildad: Cristo resucitado no se manifestó a todo el mundo, no apareció en su gloria para admirar a toda la humanidad, sino que se manifestó a unos pocos testigos, para que anunciasen a todas las naciones la Buena Nueva de su resurrección. Representar al pavo real con la cola replegada nos pone en aviso: aún no se ha manifestado plenamente Jesucristo; al final de los tiempos en volverá, pero esta vez en gloria y poder, en su plena manifestación, y todo ojo lo verá: hasta entonces hemos de esperar en vela, preparados, porque a la hora que menos pensemos viene el hijo del hombre. Estamos en el tiempo de reconocer a Cristo en su venida en humildad, antes de que llegue el día del Señor, terrible y glorioso; y hemos de clamar por su venida, diciendo junto con su esposa, la Iglesia: “¡Ven, Señor Jesús!”

2.10. El frasco de nardo.

   Éste frasco hace alusión al episodio, narrado también por Juan, en que María, la hermana de Lázaro, ungió al Señor.

20141110_220433   “Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis.»” (Jn 11, 3 – 8).

   La unción en Betania, una semana antes de la Pascua, hace referencia a la entrega de Cristo que Judas llevaría a cabo, y también a la unción que se haría en su sepultura; pone así de relieve el aspecto sacrificial de la Eucaristía, que es renovación de la Muerte y sepultura del Señor. La alusión a los pobres nos recuerda también que no podemos descuidar la dignidad de la celebración del Misterio de Cristo, que es siempre el centro de la vida de la Iglesia; y nos recuerda también que, si la Iglesia cuida de los pobres, no es por un altruismo filantrópico, sino precisamente porque la Iglesia ve en los pobres la presencia de su Señor, como él mismo indicó en el Evangelio: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pobres, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Finalmente el aroma en el Nuevo Testamento es un signo de las buenas obras de los creyentes que deben extenderse como una fragancia que llegue a los no creyentes como testimonio del amor de Dios para su conversión: “¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento! Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden: para los unos, olor que de la muerte lleva a la muerte; para los otros, olor que de la vida lleva a la vida” (2 Cor 2, 14 – 16).

2.11. Marta y María de Betania.

20141110_220651   Betania constituía el lugar del retiro y del descanso de Jesús, donde acudía a menudo para descansar; la familia que le acoge en Betania es como su propia familia: Lázaro, Marta y María. Estas mujeres aparecen en la composición postrándose en adoración ante el Santísimo, verdaderamente presente en el Tabernáculo. Ellas nos invitan a reconocer al Señor presente en la Eucaristía y a postrarnos en adoración ante Él. Sus exclamaciones en los pasajes evangélicos de San Juan nos invitan a reconocer esta presencia real. Marta hizo su profesión de fe ante Cristo, cuando llegó a Betania: “Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. Nos invita a reconocer en Cristo, verdaderamente presente en el Sagrario, al Hijo de Dios, el Mesías prometido, el único que había de venir, y que volverá en gloria y poder al final de los tiempos. Todas ellas nos señalan la actitud correcta que nos corresponde ante Cristo resucitado: la adoración. Ante Jesucristo presente en el Sagrario por puro amor, sólo cabe una actitud: postrarse en adoración, en cuerpo y alma, y adorarle en espíritu y en verdad.

2.12. El sepulcro bautismal.

   Por el bautismo nos incorporamos al misterio Pascual de la muerte y resurrección de Cristo, y comienza ya en nosotros la vida eterna. Por ello el neófito se sumerge tres veces en el agua bautismal, significando los tres días que Cristo pasó en el sepulcro. Por ello la pila bautismal es como un sepulcro místico, en el cual morimos al hombre viejo y renacemos por el agua y el Espíritu a una vida nueva, eterna. El sepulcro, efectivamente, para los creyentes, no es sólo símbolo de muerte; desde la resurrección de Cristo es también símbolo de vida. Por ello aparece en el lado derecho de la composición el sepulcro de Lázaro al que se desciende por unas escaleras, del mismo modo que a los baptisterios de los primeros tiempos se descendía por unas escalinatas para que los fieles fueran sumergidos completamente. Ese sepulcro nos recuerda que, igual que descendimos al agua bautismal para significar la muerte de Cristo y allí se sembró en nosotros la promesa de la vida eterna, así también nos levantaremos del sepulcro para no volver a morir.

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2.13. Caifás.

   Éste personaje no estuvo históricamente en Betania cuando Jesús resucitó a Lázaro, pero hemos querido incluirlo simbólicamente en la composición para señalar la dimensión sacrificial de la Eucaristía.

20141110_220602   En efecto, al enterarse de la resurrección de Lázaro, nos cuenta San Juan que “los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.» Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación – y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día, decidieron darle muerte”

   Caifás, desde la derecha, señala molesto al Templo de la izquierda, mostrando indignación ante el peligro de que el Templo sea destruido por los romanos si el pueblo cree en Jesús; pero también señala a Cristo, de quien él mismo señala que conviene que muera por el pueblo, y a quien él mismo condenará a muerte en el juicio ante el sanedrín, rasgándose las vestiduras al acusarle de blasfemia. En la mente de 20141110_220632Caifás, si hacía morir a Jesús, salvaría al pueblo de la destrucción de los romanos; su mente está cegada por el poder, y no es capaz de reconocer en los signos de Jesús al Mesías prometido; por eso vuelve la cabeza ante Cristo, y es el único personaje de toda la composición que no mira al Señor. Ante su falta de fe en Cristo, se priva de la vida eterna y elige la muerte; por eso está de pie sobre la lápida del sepulcro, que es lo que le espera si no se convierte y vuelve la mirada al Señor, volviendo ese dedo acusador hacia sí mismo.

   Éste personaje nos recuerda también el drama de la libertad humana, que puede rechazar al Señor y despreciar su amor, acusándole incluso de los males que le aquejan, y que puede, en última instancia, elegir su propia muerte y destrucción antes que la vida eterna, si no se convierte al Señor y está dispuesta a renunciar a sus propios esquemas y seguridades. El cuadro nos invita a preguntarnos si no estamos como Caifás, vueltos sobre nosotros mismos, sin mirar al Señor, con el dedo acusador señalando y de pie a la entrada del sepulcro; nos invita a convertirnos más y más, y a nunca creer que ya estamos convertidos del todo, a volver la mirada cada día, en cada instante, al Señor resucitado.

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   Por último, en el texto citado, San Juan señala que a través de las malas artes de Caifás, se iba a cumplir la voluntad de Dios: que su hijo moriría, no sólo por los judíos, sino por todos los hijos de Dios dispersos. Esto nos recuerda que Dios se vale incluso de los pecados del hombre y de sus negaciones para manifestar su poder y su misericordia. Efectivamente, Dios es capaz de sacar bien del mal, y como se valió del endurecimiento de Caifás para mostrar los prodigios de su misericordia, también puede valerse el mal que hay en nuestras vidas para seguir manifestándonos su amor. Todo el episodio de Caifás nos recuerda por tanto esta dimensión sacrificial de la Eucaristía.

2.14. Lázaro

20141110_220616   El entero lado derecho del cuadro nos muestra la resurrección de Lázaro: Jesucristo tiene el poder de dar vida a los muertos. La resurrección de Lázaro fue sólo un signo, puesto que el mismo Lázaro volvió a morir, y espera ahora su resurrección definitiva: por eso Lázaro tiene un pie sobre la tumba, y otro fuera. Su resurrección fue pasajera, pero fue un signo de la resurrección definitiva que tendrá lugar al final de los tiempos. Como Lázaro, también nosotros estamos en camino, con un pie en la muerte y otro en la vida: si elegimos el camino de la vida, y la fidelidad a Cristo, resucitaremos al final de los tiempos y recibiremos una vida gloriosa e inmortal a semejanza de Cristo resucitado. Esta resurrección se siembra ya en nosotros por la Eucaristía, que es una promesa y un anticipo de la vida eterna que viviremos, en cuerpo y alma, cuando llegue lo definitivo.

2.15. San Juan, Apóstol y Evangelista

   San Juan, el discípulo amado, aparece en nuestra composición, puesto que Él es el testigo que narra las dos escenas representadas en el cuadro: la resurrección de Lázaro y la aparición a María Magdalena. Su presencia nos recuerda la dimensión apostólica de la Iglesia: nuestra fe se apoya en el testimonio de quienes vieron y oyeron al Señor, y que nos transmiten el Evangelio de la vida. Ellos, los apóstoles, son en nexo de unión entre nosotros y Cristo, y por lo tanto, para entrar en comunión con Cristo, hemos de entrar en comunión con ellos mediante la Iglesia Católica. Esta Iglesia es quien mantiene la comunión plena con al Iglesia apostólica, y el poder de los apóstoles sigue presente en ella mediante la sucesión apostólica, que conecta a nuestros presbíteros y obispos con los apóstoles, en una línea sucesoria continua e ininterrumpida. Gracias a esa comunión, nuestros presbíteros y obispos pueden celebrar la Eucaristía; gracias a ella, por sus palabras sigue haciéndose presente el Señor Jesús, que les dijo: “Haced esto en conmemoración mía”.

20141110_220620   El apóstol San Juan aparece con ambos pies fuera del Sepulcro, puesto que Él está ya en la presencia de Dios, habiendo llegado a su destino. Murió, su alma está en la presencia de Dios, y su cuerpo espera la resurrección. Su presencia en el cuadro nos recuerda la promesa de que un día resucitaremos. De el apóstol San Juan se pensaba en los comienzos de la Iglesia que no moriría, como señala el mismo apóstol, pero Jesús nunca dijo que no moriría; la presencia de este santo en el mural, nos alienta a que aspiremos a los bienes del cielo, y a que aguardemos pacientes y esperanzados la victoria definitiva de Dios sobre nuestra muerte, que se dará en la resurrección.

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      1. La inscripción.

   Alrededor del Sagrario hemos acuñado una inscripción, tomada de varios pasajes de la Sagrada Escritura, que quieren reflejar también estos aspectos esenciales presentes en el misterio Eucarístico. EGO SVM PANIS VITAE QVI PRO VOBIS TRADETVR, “Yo soy el Pan de Vida que se entrega por vosotros”.

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      1. EGO SVM. Ese “Yo soy” recoge tantos textos de la Sagrada Escritura en los que el Señor se sitúa a sí mismo en el centro de la pretensión divina: Yo soy la luz del mundo, yo soy el buen Pastor, yo soy la resurrección y la vida, yo soy la puerta de las ovejas, yo soy el camino, la verdad, y la vida… Resume el nombre de Dios: “Yahveh”, que se traduce justamente como “Yo soy”. Estas palabras, por un lado, confiesan la divinidad de Cristo: Él es Dios verdadero de Dios verdadero, el que era, y es, y ha de venir. Por otro lado, sitúan a Cristo en el centro de la historia, puesto que Él es todo aquello que anhela el hombre. Y además estas palabras hacen alusión a la presencia real de Cristo en el Sagrario. Al ver estas palabras junto al Sagrario, es como si el Señor nos dijera: “Soy yo; estoy verdaderamente aquí: venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré; cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso: porque mi yugo es llevadero, y mi carga ligera”.

   Además, “El que es” es el resucitado, el Dios vivo, que ha vencido a la muerte. El EGO SVM de nuestro cuadro es la exclamación de Cristo resucitado y viviente, que ya no vuelve a morir: “Yo soy el que soy”. Nos recuerda que nuestra existencia es pasajera, que no tenemos en nosotros el principio de la vida, mientras que él es Espíritu que da vida: Él es el que es, y nosotros los que hemos sido llamados a ser.

      1. PANIS VITAE. “El Pan de la Vida”. Así mismo se llamó Jesús en el discurso del pan de vida, donde nos asegura que Él es el verdadero alimento de vida eterna que se nos da en la Eucaristía. Pero no es un pan cualquiera, no es un pan que nos dé un sustento pasajero: es el Pan de la Vida, de la Vida eterna: quien come de éste pan vivirá para siempre. Este texto nos recuerda que la carne de Cristo es alimento que siembra en nosotros la vida eterna, que se nos dará en plenitud en la resurrección.
      2. QVI PRO VOBIS TRADETVR. “Que se entrega por vosotros”. Estas palabras hacen alusión a las palabras que Jesús pronunció en la Última Cena, y que dieron un sentido sacrificial no sólo a la Eucaristía, sino a su propia Cruz, preanunciándola y llenándola de significado. El Señor se ha entregado por nosotros. Pero el texto no está en pasado, sino en presente: “que se entrega”. Nos recuerda que en la Eucaristía se renueva y se actualiza el sacrificio de Cristo: lo que Cristo nos ganó al entregarse por nosotros en el Calvario se renueva y se nos regala a cada uno de nosotros en el Sacrificio de la Eucaristía. Ella es, como ya hemos dicho, celebración del Misterio Pascual; en ella se nos da el resucitado, con todos sus dones de redención y salvación; en ella Cristo se entrega por nosotros, y se entrega a nosotros.

   Ese “pro vobis” nos recuerda, por último, que Dios todo lo ha hecho por nosotros. Él no tiene necesidad de nosotros, pero nos ama, y por eso ha salido de sí mismo y se ha vaciado, haciéndose hombre y muriendo por nosotros, resucitando y dándonos el don del Espíritu, porque quiere que compartamos su misma gloria, y todo por puro amor. Si contemplamos todas las obras que Dios ha hecho desde el comienzo del mundo, hasta su final, oiremos de su boca siempre el mismo estribillo: todo esto lo he hecho “por vosotros”.

VI. Conclusión

   El arte ha sido siempre la catequesis más plástica y directa, más conmovedora y emotiva, y en este cuadro el arte se pone al servicio de la riquísima simbología cristiana, para confesar el misterio de la salvación, y en concreto el misterio eucarístico, que es el don más preciado de la Iglesia, porque es Cristo mismo. En cualquier caso, toda la gloria del arte de los hijos de Dios va para Él, puesto que es Él quien nos glorifica a nosotros, y no nosotros a Él: Él es quien llenará de gloria nuestro cuerpo y nos hará semejantes a Él. Por ello, concluimos con una hermosa frase de San Ireneo de Lión: “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios”.

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