Oro, incienso, mirra

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Ofrece a Dios tu oro. El oro simboliza todas tus riquezas, todo aquello que tiene valor en tu vida. En realidad, cuando Melchor ofreció el oro a Jesús, le estaba devolviendo lo que era suyo. Dios nos ha dado todo lo que somos y tenemos, pero muchas veces las cosas ocupan en nuestro corazón el lugar de Dios. Dios nos dio todo lo que somos y tenemos para que, a través de lo creado, llegáramos al Creador; y sin embargo, nos solemos quedar en las cosas de Dios sin llegar al Dios de las cosas. Dijo Jesús: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6, 21). Que Dios sea tu tesoro, que Dios sea tu riqueza. Entrégale a él todo lo que es tuyo, devuélvele todo lo que te ha dado. No te quedes en las cosas y en las riquezas, ve a Dios, y que él sea tu delicia, que él sea tu tesoro. Quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta. Eso es ofrecer tu oro a Dios.

Ofrece a Dios tu incienso. El incienso se ofrece a Dios, se quema en su honor, para que se consuma entregándole su aroma. “Dios por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los hombres” (2 Cor 2, 14 – 15). Como el incienso, arde y consúmete en el amor a Dios y a los demás; como el incienso, desprende al mundo el aroma del conocimiento de Cristo, dando testimonio de él en obras y palabras; como el incienso, ofrécete a Dios, entrégate a él. Dice el Apocalipsis que el incienso es la oración de los fieles (Ap 8, 4). Ora, ora, ora. Ora en todo lugar, en todo tiempo; más aún: sé oración, haz de tu vida una oración. Vive todo en presencia de Dios, consciente de que está contigo, de que está en ti: tu casa, tu trabajo, tu amistad, tu descanso, todo; eso es orar continuamente. Ofrécele a Dios el sacrificio de tu propia vida en el altar del mundo. Arde en amor, arde en fe, en esperanza, entrégate a Dios y a los demás, consúmete por él y por el mundo, desprende el buen olor de Cristo, ora en todo tiempo y lugar, ora la vida. Eso es ofrecer a Dios tu incienso.

Ofrece a Dios tu mirra. La mirra se usaba para la sepultura, es bálsamo para los muertos. Esta es la parte más dura. Muere a ti mismo; aprende a morir a tus caprichos, a tus egoísmos, a tus criterios, a tus comodidades. “El que quiera venir tras de mi, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mi, la salvará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mt 16, 24 – 26). Niégate a ti mismo, asume que sólo Dios es Dios, deja que su voluntad sea el criterio de tu vida. Él te ama más que tú mismo, y te conoce mejor que tú mismo; sabe qué es lo que tu corazón necesita. “Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón” (Sal 36, 4). Busca la voluntad de Dios en tu vida, por encima de la tuya, y él te dará lo que pide tu corazón. En pequeñas cosas, muere a ti mismo. Sal de ti, entrégate a los demás, aprende a ceder, a renunciar, a sacrificarte en pequeñas o grandes cosas para que otros tengan vida. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Negarte a ti mismo es paradójicamente el camino de la verdadera libertad, es escapar al imperio del instinto, a la tiranía de las pasiones, a la esclavitud de las apetencias, para ser capaz de ir más allá de mi mismo, buscando la voluntad de Dios, que me libera de mis pasiones y apetencias, para ser libre de verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Y la verdad es que Dios es Dios y yo soy criatura. Déjate hacer, déjate modelar, muere a ti mismo, para que otros vivan. Eso es ofrecer a Dios tu mirra.