‘Padre nuestro’ (2)

secretosEn el número anterior veíamos que Dios es nuestro Padre en tanto creador nuestro. Pero en ese sentido, ¿no se diferencia el hombre de las demás criaturas? El hombre no es una criatura más de Dios, sino que ha sido creado a imagen de Dios, es decir, que el hombre es “parecido” a Dios. El libro de Génesis nos dice que, cuando crea, Dios decía: “que exista la luz”, y se hizo la luz, y así con las demás criaturas; pero al llegar al hombre, el texto dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gn 1, 26). ¿A quien habla en plural el Padre, sino al Hijo y al Espíritu Santo? Por lo tanto, en la creación del hombre hay una acción precisa de la Trinidad, que deja impresa su imagen en el hombre.

El hombre es imagen de Dios; más precisamente, decían los Padres de la Iglesia, está creado a imagen de Cristo. El Padre toma como modelo a su Hijo, que se iba a encarnar y a hacerse hombre, y a su imagen crea al hombre con sus dos manos: el Hijo y el Espíritu Santo. Por eso el Génesis toma la metáfora del barro: somos criaturas materiales, ciertamente, pero estamos creados directamente por el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, y ellos han dejado impresa en nosotros su imagen.

Esta imagen se puede ver en que, al igual que Dios, somos libres, racionales y capaces de amar. En ese sentido, existe una presencia especial de Dios en nosotros, que nos hace participar de la filiación creatural de un modo especial. Ciertamente, como criaturas, somos en cierto sentido “hijos” de Dios creador; pero como imagen que somos de Dios, existe una filiación especial del hombre como creatura, en la que Dios ha depositado unos dones y capacidades que no ha dado a ninguna otra criatura. Por eso, el corazón del hombre naturalmente, se eleva a Dios, y le busca como creador y como Padre, reconociendo como un privilegio de su amor el poder ser libre, racional y capaz de amar.

Así, podemos llamar a Dios ‘Padre nuestro’ en un sentido diferente al de las demás criaturas, puesto que hemos sido creados a su imagen, y por tanto existe una huella especial en nosotros del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero esta filiación solamente creatural no es lo que anhela el corazón del hombre; porque el Padre nos ha creado para que lleguemos a ser hijos en el Hijo, es decir, para llegar a ser verdaderamente hijos de Dios.

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