‘Padre nuestro’ (3)

No se trata sólo de que seamos criaturas, ni siquiera de que seamos ‘imagen’ de Dios; la relación con Dios a la que Cristo quiere introducirnos va aún más allá. “A cuantos recibieron a la Palabra, les da poder de llegar a ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1, 12). Ésta filiación divina a la que nos introduce Cristo, no la tenemos por naturaleza, sino que es un don que se pone a nuestro alcance, si creemos en Él y lo acogemos; Cristo, con su venida, nos da la capacidad de una nueva relación con Dios, ya no como Creador o Modelo, sino como Padre: nos da el poder de ser hijos adoptivos, de ser hijos en el Hijo, de acoger la paternidad de Dios.

¿Qué significa esto? En primer lugar, que Dios nos concede participar del mismo amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, es decir, que el Padre nos ama con el mismo amor con el que ama eternamente a su propio Hijo: “El Padre mismo os ama, porque me amáis a mí y creéis que salí de Dios” (Jn 16, 27). “Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14, 20). Entramos en el vínculo de amor de la Trinidad, Dios nos concede participar de su mismo amor, y el Padre nos ama como ama al Hijo.

El sacramento del bautismo, que es el sacramento de la fe, nos concede la filiación divina, nos hace hijos de Dios. Los bautizados entran en una relación especial con el Padre que no tienen las demás criaturas, puesto que incorporados a Cristo, son introducidos espiritualmente en el seno de la Trinidad, son amados como hijos por el Padre y participan del mismo amor de Dios. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Éste Espíritu, que es el mismo que recibió Cristo en el Jordán cuando su Padre le dijo “tú eres mi hijo amado, en quien me complazco” (Mc 1, 11), es el mismo que recibimos nosotros y nos hace clamar: “¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15).

 También para el Padre somos hijos amados en quien se complace, y Cristo nos da el poder de tener la misma relación con el Padre que Él tenía, y de llamarle “papá”, como Él mismo hacía. “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4, 4 – 7).

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