‘Padre nuestro’ (4)

Por el bautismo hemos sido hechos hijos en el Hijo y hemos entrado en la comunión de amor de la Trinidad: comos amados por el Padre con el mismo amor con el que ama a su Hijo. ¿Qué supone eso? “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4, 6 – 7).  El Hijo es el heredero del Padre. Por eso Jesucristo como hombre fue glorificado en su humanidad por su resurrección y, como hombre, llegó a ser semejante a Dios, su humanidad fue divinizada y llegó a participar de la misma naturaleza divina. ¿Y quién obró esta glorificación progresiva de Cristo? El Espíritu Santo.

San Pablo dice que si somos hijos, también somos herederos. Al igual que Cristo, hemos recibido la unción del Espíritu Santo, que va glorificando nuestra humanidad (si somos dóciles a su acción) y nos llevará a ser semejantes al Padre, porque le veremos cara a cara tal cual es (1 Jn 3,2), participaremos de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4), y seremos glorificados como Cristo. “Pues habéis recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8, 15 – 17).

El Espíritu Santo ha sido derramado en nosotros al recibir la filiación divina, como fue derramado sobre Cristo en el Jordán, donde se oyó la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado” (Mc 1, 11). Este Espíritu movió a Cristo a llevar a cabo la voluntad del Padre, y a través de ella, le glorificó. También en nosotros el Espíritu Santo nos mueve a cumplir la voluntad del Padre, como buenos hijos, mientras va formando a Cristo en nosotros (Gal 4, 19), transformándonos a su imagen para recibir su misma herencia: la semejanza divina. El destino que Dios tiene preparado para nosotros es sublime, y supera al de toda la creación, incluso a la de los ángeles, a los que Dios jamás llamó hijos suyos (Heb 1, 5).

Saber que “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9), debe llevarnos a una actitud de inmensa gratitud hacia nuestro Padre, que no se ha reservado nada, sino que quiere compartir su divinidad con nosotros, sus hijos, haciéndonos semejantes a Él. Y debe hacer que llevemos “una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” (Tit 2, 12).

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