‘Padre nuestro’ (5)

hijoprodigo1Como hemos visto, Jesucristo nos introduce en una nueva relación con Dios como Padre  nuestro. Pero, ¿cómo es esta relación de hijos? ¿Cómo es este Padre? “Un hombre tenía dos hijos” (Lc 15, 11). Así comienza la parábola del hijo pródigo que otros han llamado del Padre perdonador. Ésta parábola expresa la relación que este Dios Padre quiere tener con cada uno de sus hijos. El centro de la parábola es el amor del Padre, un Padre que lejos de ser severo, justiciero o inmisericorde, se muestra como un Padre bueno, paciente y misericordioso; un Padre al que quizá muchos de nosotros diríamos: “Te has pasado; es que de bueno pareces tonto. A ver, éste hijo tuyo te ha despreciado a la cara, ¿y ahora lo acoges como si nada, olvidando todo lo que te ha hecho y lo perdonas sin más? Se merece lo que le ha pasado, y debería al menos pedirte perdón. Y no seas ingenuo, porque ha vuelto por puro interés…”. Y así continuaríamos con nuestro discursito limpio e implacable.

Pero “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el
Señor mira el corazón” (1 Sm 16, 7). Dios no es como nosotros. Su misericordia no tiene límites, es eterna, y no está condicionada por nuestra debilidad; “cuando el hombre por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos para que te encuentre el que te busca” (Misal Romano, Plegaria IV). En Cristo, el Padre nos espera siempre con los brazos abiertos, dispuesto a otorgarnos su perdón. Su amor sobrepasa con creces todas nuestras expectativas. Y es que este Padre quiere conquistar nuestro corazón, no con el temor, sino con su infinito amor.

El Padre sabía que, como el hijo pródigo, muchas veces sospecharíamos de Él y nos marcharíamos de su casa, y que entonces pensaríamos que Él nos rechazaba y no nos quería, y que temeríamos encontrar en Él una mirada de juicio o reproche, o aún peor, una mirada defraudada. Y por eso quiso que su Hijo, en esta parábola, nos mostrase cómo es la mirada del Padre, lo diferente que es a la nuestra. La mirada del Padre no esconde reproche o fraude, ni juicio o condenación, sino que rebosa de amor y de dicha al ver al hijo, arrepentido, volver a su seno, hasta el punto de revestirle de sus mejores galas y hacer una fiesta; el hijo se encuentra con la mirada misericordiosa del Padre, que no le condena, sino que llora de pura alegría al ver que el hijo, por fin, ha comprendido su amor, que no puede cambiar, porque es el Amor Eterno de Dios. Y es que no nos acabamos de creer que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7).

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