‘Padre nuestro’ (6)

Jesús no nos invitó a decir: “Padre mío”; eso no lo encontraremos en ningún pasaje de los Evangelios. En la aparición a María Magdalena, Jesús dice: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro” (Jn 20, 17). Jesús diferencia muy bien entre su relación con el Padre, que es única e irrepetible, ya que Él es el hijo eterno del Padre, y nuestra relación con el Padre, que es la de hijos de una misma familia. No nos invita a una relación intimista e individualista con Dios, sino a recordar que somos un solo Pueblo, una sola Iglesia, una Comunidad; que no nos salvamos individualmente, sino en la comunión de la Iglesia. No hay oración genuinamente cristiana si en ella no están también, de algún modo, los hermanos. “Vosotros no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo; y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8 – 9).Si Dios es nuestro Padre, efectivamente, todos sus hijos somos hermanos. Ya no hay distinción de raza, color, lengua, sexo o estatus social: todos somos hijos del mismo Padre. Y debiéramos tratarnos como hermanos. Pero, por desgracia, muchas veces esto no es así. Separar al amor a Dios del amor al hermano ha sido una tentación desde los comienzos del cristianismo. “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano”. (1 Jn 4, 20 – 21)

En ocasiones, además, andamos divididos, recelosos unos de otros, mirando más lo que nos separa que lo que nos une. Y esto no sólo respecto de nuestros hermanos de otras confesiones cristianas, sino dentro incluso de la misma Iglesia Católica, dentro de nuestras parroquias. “Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio. Porque, hermanos míos, estoy informado que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo de Apolo», «Yo de Cefas», «Yo de Cristo»”. (1 Cor 1, 10 – 12). Este tiempo en que la Iglesia está siendo atacada, debería ser un tiempo en que los creyentes diésemos un testimonio de unidad y comunión, poniendo en común nuestras riquezas espirituales, y potenciando lo que nos une. Jesús quiso una sola Iglesia, pero no uniformista. Las diferencias nos enriquecen, y sin embargo, no pueden afectar a la comunión en lo esencial de todos los creyentes. Así rezó Jesús: “Padre, te ruego para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

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