¿Podrá una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? (Is 49, 15)

PORTADA-MARYS-LAND

Hoy, día de los santos inocentes, y ante los últimos acontecimientos que tienen lugar en nuestra sociedad, se hace inevitable una reflexión sobre el aborto. Hemos convertido en nuestro país el derecho a la vida en un campo de discusión ideológica, donde lo que se busca, más que la verdad, es que prevalezca una determinada ideología, frente a otra, que se considera enemiga. Entretanto, los médicos abortistas luchan por demostrar “científicamente” qué es vida humana y qué no lo es, mientras los médicos provida hacen otro tanto. Eslóganes como “nosotras parimos, nosotras decidimos”, “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, y las réplicas que suscitan, ensombrecen el ambiente y conducen muchas veces a discusiones estériles que sólo llevan a la crispación y al relativismo. ¿Es que no podemos llegar a ninguna conclusión?

Pensemos. ¿Quién se pregunta si un feto es vida o no es vida? Imaginemos una mujer que busca tener un hijo, y por fin se queda embarazada. ¿Se pregunta si lo que tiene dentro es un ser humano o no, si es vida o no, si es un hijo o un “tejido”? ¡Por supuesto que no! Esa mujer, alegre por la esperanza de tener un hijo, sabe perfectamente que lo que lleva en sus entrañas no es ella misma, no es un conjunto de células: es un ser humano; es “mi hijo”. Así habla de él. Tiene la certeza de que es alguien diferente de ella, al que está deseando acoger, abrazar, conocer. Entonces, ¿quién se pregunta si un feto es vida humana o no lo es? Sólo alguien que está buscando una excusa para poder “interrumpir el embarazo”. El debate sobre la vida humana no está hecho por una razón libre de condicionamientos e intereses. Puesto que ya he decidido abortar, y necesito una excusa para poder hacerlo sin creer que cometo un crimen, me justifico diciéndome que eso no es un ser humano. El debate sobre el comienzo de la vida vienen precedido de una decisión inmoral que necesito justificar. Si no, jamás me preguntaría si un feto es vida humana.

Por tanto, las razones, argumentos, “demostraciones científicas” son sólo justificaciones de una decisión ya tomada; no son razones objetivas, argumentos incondicionados ni “demostraciones” leales. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no abrazamos la vida? ¿Por qué somos tan egoístas que privamos a un ser humano de su derecho a vivir? Una vez más: nos falta Dios, garante de la vida de los más débiles, alentador de una vida gozosa y agradecida, promotor del amor a la vida y a la existencia. Cuando el hombre se convierte en el centro, todo se desajusta y caemos en las mayores tropelías, como el asesinato justificado de nuestros propios hijos. Cuando Dios se sitúa en el lugar que le corresponde, en cambio, todo adquiere su verdadero valor y su sentido. Tenemos que anunciar el Evangelio de la vida, seguir testimoniando el derecho de todos a la existencia, seguir luchando por los más pobres e indefensos. Contra viento y marea, a pesar de la oposición, que no permanezcamos indiferentes ante el genocidio silencioso de nuestros días; anunciemos el amor de Dios, demos razón de nuestra esperanza, mostremos una razón para vivir.