Pregunta 1: ¿Era necesaria la muerte del Señor?

Pregunta 1: ¿Era necesaria la muerte del Señor? Sabiendo que siendo todopoderoso podría librarnos del pecado sin necesidad de la cruz. Incluso el hombre ya tenía la palabra de los profetas.

Resumen: Sí, era necesaria. Dios creó al hombre libre para ser feliz, pero la libertad conlleva la posibilidad de pecar. El pecado, al ser un rechazo de la Vida, conlleva la muerte, física y eterna. Para que el hombre no tuviese que morir, Dios hizo caer sobre sí las consecuencias del pecado, muriendo por nosotros, para que el hombre se pudiese arrepentir, y pudiese volver a Dios de modo que se perdonasen sus pecados. La cruz revela, además, el amor y la misericordia de Dios. 


Ha habido algunos teólogos que han afirmado que la muerte de Cristo en la cruz no era necesaria, que él podría habernos salvado “con una sola gota de su sangre”, o sólo con quererlo. ¿No es todopoderoso? Si fuese así, nos podría haber salvado sin más, ¿no? Entonces, ¿por qué esa carnicería innecesaria? Las respuestas de estos pensadores se suceden. Algunos dicen que murió en la cruz por mostrarnos un ejemplo de entrega, otros dicen que para mostrarnos cuánto nos ama…

Los hay también que dan respuestas heréticas, diciendo que en realidad no sufrió sino que lo fingió para darnos una lección, o que su humanidad era sólo aparente, pues ¿cómo va a sufrir Dios? Hay incluso quien dice que la muerte de Cristo no estaba ‘programada’, que le pilló de sorpresa, que se desesperó ante ella (por aquello del “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”); que fue, finalmente, el estrepitoso fracaso de un hombre que, por pasarse de bueno, llegó a ingenuo…

Antes de dejar volar las palabras, acudamos a las fuentes de la Revelación, en concreto, a la Sagrada Escritura. ¿Qué dice al respecto? Cogeremos sólo un pasaje: “Jesús dijo a los discípulo de Emaús: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lc 24, 25 – 27)[1]. Así pues, San Lucas nos da la clave de labios del mismo Jesús: era necesario que el Mesías padeciera, que muriera la muerte de cruz. No fue por tanto un capricho del Padre, ni tampoco la pasión aparente de un Dios desencarnado, ni mucho menos un final trágico que sorprendiese al Señor. ¿Cómo podemos decir que algo es necesario para Dios? ¿No desafía esto a su omnipotencia?

Dios quiso crear una criatura libre, capaz de amarle libremente. Quería que el hombre fuese feliz, pero para que así fuese, el hombre debía ser libre, debía poder elegir; algo que le hubiere sido impuesto, nunca le podría haber llenado ni satisfecho. En efecto, si la felicidad del hombre es amar a Dios, como el amor es libre, el hombre debía ser libre para poder amar y para poder ser feliz. Pero si el hombre era libre para amar, lo era también para odiar; si era libre para obedecer, debía serlo también para desobedecer; si era libre para elegir la Vida, lo era también para elegir la muerte. En el relato del libro del Génesis, el Señor dice al hombre que el día que coma del fruto del conocimiento del bien y del mal, “morirás sin remedio” (Gn 2, 17). La desobediencia a Dios supone la muerte, no como castigo, sino como consecuencia. Quien se aparta de la luz, elige la oscuridad; quien rechaza la vida, escoge la muerte. “El salario del pecado es la muerte” (Rm 6, 23).

Esta afirmación es la más fuerte, la que más nos cuesta entender, porque nos tomamos a la ligera el valor de la libertad, y de la responsabilidad, y muchas veces actuamos sin ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. El pecado, la desobediencia a Dios, conlleva la muerte, porque supone rechazar la vida. La elección del mal supone la muerte. Pero no sólo la muerte física. “Morirás sin remedio”, dijo el Señor;  es la muerte eterna, una eternidad sin Dios, sin su amor, sin su luz, sin su vida: lo que llamamos el infierno. Por el pecado, el hombre debería haber encontrado la muerte. Pero la Escritura nos dice que aquellos primeros hombres que pecaron, no murieron; siguieron viviendo, y Dios comenzó una historia de salvación con ellos. Y también nosotros, cuando pecamos, cuando damos la espalda a Dios, no morimos, sino que se nos da la oportunidad de arrepentirnos y de volver a Él, para que se nos perdonen los pecados. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es que al abandonar la Vida no morimos, sino que se nos da otra oportunidad? Si el pecado es tan serio que conlleva “morir sin remedio”, ¿por qué no morimos, a consecuencia de nuestro pecado? Porque Dios hizo recaer esa consecuencia de nuestro pecado sobre su Hijo.

Cristo murió en la cruz por nosotros. Eso significa tres cosas:

a)      En favor nuestro.

b)      Por causa nuestra.

c)      En lugar de nosotros.

Cristo murió en la cruz, asumiendo sobre sí las consecuencias de nuestro pecado, para que nosotros no tuviéramos que morir y pudiéramos arrepentirnos y vivir. Isaías lo dice con palabras que hacen enmudecer: “Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Ha sido herido por nuestros pecados, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros errábamos como ovejas, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros” (Is 53, 4 – 6). Muchas veces, cuando decimos que Cristo murió por nosotros, que cargó con nuestros pecados, no tomamos verdadera conciencia de lo que estamos diciendo. Para Dios somos tan valiosos, tan preciosos, tan amados, que se ha entregado a sí mismo en nuestro lugar, cargando con las consecuencias de nuestro pecado, para que nosotros pudiéramos vivir, pudiéramos volver al Padre, para que nuestros pecados pudieran ser perdonados, y pudiéramos así salvarnos. Para que un sacerdote pueda decir “yo te absuelvo de tus pecados”, Dios mismo ha tenido que morir por nosotros en la cruz.

Si el salario del pecado es la muerte, Dios, en la creación que él mismo había establecido con su lógica y con sus reglas, no podía redimirnos sólo con quererlo ni con una gota de sangre, porque entonces la libertad que nos había dado sería sólo aparente, ya que en ese caso, obedecerle o no habría dado lo mismo, pues el resultado habría sido exactamente el mismo. Ciertamente, al crear una criatura libre, Dios estaba introduciendo la posibilidad de su Pasión. Evidentemente, la caída de Adán a Dios no le pilla por sorpresa; Él sabe perfectamente que Adán, al ser libre, podría pecar, y que, al pecar, Él tendría que morir en la cruz. Y aún así, decide crear. Por lo cual, Dios mismo decide que sea necesario que él tenga que morir en la cruz, para cargar sobre sí las consecuencias del pecado, de modo que el hombre pueda arrepentirse y salvarse. La omnipotencia de un Dios bueno no se refleja en un truco de magia que hace que al final dé igual lo que haga un hombre libre sólo en apariencia, sino en cargar sobre sí, por amor y con libre decisión, las consecuencias del pecado de sus hijos, para que no tengan que morir y puedan volver a él, si quieren.

Porque Dios no impone la redención, sino que la ofrece. Sólo si el hombre acepta esta segunda oportunidad a través de la conversión, puede recibir los frutos de la redención. Pero si quiere seguir dando la espalda a la Vida, Dios no le obliga, sino que le espera pacientemente como el Padre del hijo pródigo, dispuesto a restituirle su dignidad de hijo en cuando decida volver. Y, por supuesto, la cruz es revelación el inmenso amor de Dios. Si Adán no hubiera pecado, nunca hubiéramos sabido a dónde estaba dispuesto a llegar Dios por nosotros, nunca hubiéramos visto lo preciosos y valiosos que somos para él, nunca hubiéramos podido creer cuánto nos ama. Así lo dice San Pablo: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los pecadores; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!” (Rm 5, 6 – 10). Dios nos ama con todo su corazón; pero desde la cruz, esta no es una frase vacía de la que podamos dudar, sino un hecho que ha quedado patente en la historia. Como dijo el Señor a Santa Faustina, “si no creéis a mis palabas, al menos creed a mis llagas”[2].

La cruz nos muestra lo seria que es nuestra libertad, lo crudo que es el pecado, y lo misericordioso que es nuestro Dios; la cruz nos da la posibilidad de vivir y no morir, de arrepentirnos y volver a Dios, de ser regenerados y salvados; la cruz nos abre el camino del cielo, ilumina nuestro sufrimiento, sostiene nuestra esperanza. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16 – 17), “el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados” (1 Pe 2, 24).

(Si esta respuesta te suscita otras preguntas, puedes enviar un mail a dudasdefe@gmail.com).

 


[1] Claras afirmaciones de lo mismo podemos encontrar en Lc 22, 37; Lc 24, 7; Lc 24, 44 – 46.

[2] Santa Faustina Kovalska, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, 379.
http://divinamisericordiamanagua.org/en/2011-11-25-07-50-19/diario-santa-faustina-libro

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