Pregunta 15: ¿por qué rezar a la Virgen y a los santos?

Pregunta 15: ¿Por qué rezar a la Virgen María o a los Santos, pudiendo rezar directamente al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo?

El Señor ha mostrado en la Revelación que la intercesión del hombre puede “influir” en los planes de Dios, y hacerlo propicio o alcanzar de Él un don para los hombres. Este modo en que la oración “influye” en los planes de Dios es misterioso y difícil de definir. En el libro de Éxodo, hay varias ocasiones en que, frente a la idolatría del pueblo de Israel, Moisés intercede ante Dios y hace que el pueblo no sea destruido (Ex 32, 11ss). El primer libro de Samuel nos cuenta que cuando Ana oró al Señor para poder quedar embarazada, Dios se fijó en su oración y le concedió lo que pedía (1 Sm 1, 11ss). El Señor en el evangelio curó a varios enfermos por que otros se lo pidieron, como cuando resucitó a la hija de Jairo (Mc 5, 22ss), sanó al siervo del centurión (Mt 8, 5ss), o curó al paralítico (Mt 9, 2ss). De hecho, el primer milagro de Jesús, el de las bodas de Caná, sucede antes de tiempo, precisamente por la intercesión directa de la Virgen María (Jn 2, 1ss). De hecho, la Escritura nos invita a orar unos por otros, como dice la carta de Santiago: “orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder” (St 5, 16). Así efectivamente vemos que la oración e intercesión de los Apóstoles sana a los enfermos, como vemos en muchísimos casos del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Sabemos por la Revelación que cuando un hombre muere, su cuerpo queda en la tierra, pero su alma va a la presencia de Dios. ¿Qué hacen esas almas en la presencia de Dios? Desde luego, gozar de la salvación mientras esperan la resurrección de la carne, pero, ¿no hacen nada más? En el segundo libro de los Macabeos, Judas Macabeo tiene una visión en que se le aparece el profeta Jeremías, ya difunto, orando por el pueblo de Israel: “Luego se apareció también un hombre que se distinguía por sus blancos cabellos y su dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía. Onías había dicho: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios»” (2 Mc 15, 13 – 14). También en el libro del Apocalipsis se nos habla de las almas de los difuntos que piden justicia ante el trono de Dios (Ap 6, 10). Las almas de los difuntos rezan por nosotros; incluso las almas del purgatorio, nos dice la Iglesia. Por eso la fe cristiana siempre ha recurrido a la oración e intercesión de los santos. Igual que se le dice a un amigo: “reza por mi”, también a los santos se les pide que recen por nosotros. En las letanías de los santos, decimos siempre: “ruega por nosotros, rogad por nosotros”; y en el Ave María, decimos sustancialmente: “ruega por nosotros pecadores”; en la liturgia, cuando la Iglesia recuerda a algún santo, siempre pide su intercesión y anima a seguir su ejemplo. Cuando hablamos de rezar a un santo, los católicos nos referimos a esto: a recordar su memoria, agradecer su intercesión y pedirle que rece por nosotros.

Los católicos no adoramos a los santos, como a veces nos echan en cara otros cristianos. Diferenciamos entre “adoración” y “veneración”. La adoración es debida sólo a Dios. Pero también veneramos a los santos, es decir, reconocemos sus méritos, les veneramos por su respuesta a la gracia de Dios y reconocemos que ya están en la presencia de Cristo; y por supuesto, pedimos su intercesión, y por eso “les rezamos”. La Virgen María, que está en cuerpo y alma glorificada junto a Cristo en la presencia del Padre, merece una veneración especial y tiene una intercesión muy especial, ya que Dios ha querido asociarla de un modo único al misterio de su redención; por eso la Iglesia recurre tantas veces a ella como ejemplo y también como ayuda, y la venera en muchas fiestas litúrgicas, pidiendo su intercesión.

Pero esto no debería llevar jamás a que nadie deje de orar a Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son finalmente el término de toda oración y de toda búsqueda. No es que pidamos a la Virgen o a los santos lo que Dios no nos quiera dar, sino que les pedimos a ello que recen por nosotros, que se unan a nuestra oración para que Dios nos dé sus dones, como hemos dicho que se hizo tantas veces en la Escritura. La oración a los santos es un complemento a la oración a Dios, que es lo esencial y fundamental. Debemos orar a Dios, y si acudimos a los santos, es para pedirles que intercedan por nosotros ante Dios; pero ellos no nos van a dar nada por su cuenta, pues es de Dios de quien procede todo don. No podemos olvidarnos de Dios para centrarnos en la veneración de los santos, ya que es a Dios a quien ellos adoran, a quien sirven y a quien nos quieren llevar, y de quien piden los dones que se nos pueden conceder.

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