Pregunta 18: ¿Qué es el Don de lenguas?

Pregunta 18: ¿Qué es el Don de Lenguas, qué finalidad tiene, cómo se consigue, y cómo se aplica?

Resumen: El don de lenguas es un carisma del Espíritu Santo por el que Dios nos da el don de hablar en lenguas que no comprendemos, para alabarle inefablemente o para interceder adecuadamente por una persona. Es un don que uno no ejerce si no quiere. Aparece ampliamente atestiguado en la Tradición de la Iglesia. Puede ir acompañado del carisma de interpretación de lenguas.


Para comenzar, hemos de decir que el don de lenguas, o más técnicamente la glosolalia, es uno de los carismas que se enumeran en el Nuevo Testamento. El Espíritu Santo concede dones, frutos y carismas. Los carismas son gracias extraordinarias y sorprendentes que se conceden a los fieles por obra del Espíritu Santo y que suponen un signo de cara a la evangelización. Un listado de algunos carismas lo encontramos en 1 Cor 12, 8: “Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, don de fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de obrar milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas”. Los carismas los derrama el Espíritu Santo y han de ser acogidos, como dice el Concilio Vaticano II: “Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia” (Lumen Gentium 12).

El don de lenguas lo encontramos varias veces citado en el Nuevo Testamento como una realidad común asociada a la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. En primer lugar, Marcos 16, 17 dice que será un signo que acompañará a los que crean en Jesús, diciendo que “hablarán lenguas nuevas”. En el relato de Pentecostés se nos cuenta que los apóstoles hablaban en otras lenguas según el Espíritu les sugería, de modo que algunos extranjeros entendían lo que decían. Hechos 10, 45 cuenta que Pedro conoció que el Espíritu Santo había sido derramado sobre unos gentiles porque los oía hablar en lenguas. Igualmente Hechos 19, 6 nos cuenta que unos recién bautizados se ponen a hablar en lenguas cuando Pablo les impone las manos. Sobre todo los capítulos 12, 13 y 14 de la primera carta a los corintios, que hablan de los carismas, mencionan este don; aquí podemos encontrar afirmaciones como “doy gracias a Dios de que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Cor 14, 18), o “no estorbéis al que hable en lenguas” (1 Cor 14, 39). Romanos 8, 26 dice: “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”, con una alusión clara a la oración en lenguas. En el Antiguo Testamento hay al menos una profecía invocada explícitamente por San Pablo que habla del don de lenguas, en Isaías 28, 11: “Sí, con palabras extrañas y con lengua extranjera hablaré a este pueblo”. En los Padres de la Iglesia aparece innumerables veces la alusión al don de lenguas, que siguió vivo muy fuertemente en los primeros siglos del cristianismo.

Por lo tanto, el don de lenguas es una realidad que aparece muchas veces en la Escritura y en la Tradición de la Iglesia. Una lectura racionalista y alegorista de la Escritura, quiere hacer del don de lenguas una realidad simbólica, en la que lo importante no sería que de hecho se hablase en lenguas nuevas, sino el significado teológico de que la fe es un lenguaje universal y que el hecho de Pentecostés en realidad es simplemente un contrapunto a la dispersión de lenguas de Babel (Gn 11, 1). Pero esta lectura racionalista parte de que es imposible que suceda algo así y en el fondo contiene la afirmación de que es mentira que nadie hablase realmente en lenguas nuevas; por lo tanto, hace mentir a la Escritura y al mismo Cristo, y no es respetuosa con la verdad del texto de la Escritura y por tanto con la Revelación. Una vez más: ¿qué hago, adapto la Revelación a lo que estoy dispuesto a creer, o doy fe a la Revelación aunque se me escape lo que leo? Es decir, ¿adapto la verdad a mi mente, o mi mente a la verdad? Este proceso por el que mi mente se adhiere a la verdad revelada se llama conversión (en griego metanoia, cambio de mentalidad).

Dicho esto, ¿qué es el don de lenguas? Es un don por el que el Espíritu Santo concede a un fiel orar en una lengua extraña, que él no conoce, diciendo en el Espíritu cosas que no entiende: “el que habla en lengua no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie le entiende: dice en espíritu cosas misteriosas” (1 Cor 14, 2). Así, uno puede sentir una moción del Espíritu Santo para comenzar a orar con vocablos cuyo significado se le escapa. Esto puede resultar sorprendente, y sin embargo ya he conocido varias personas que, sin haber oído hablar nunca del don de lenguas, oraban en lenguas. Recuerdo una chica que, cuando le pregunté cómo rezaba, empezó a contarme y se sonrojó diciéndome que rezaba de un modo “un poco raro”. Yo le pregunté, y me dijo que cuando se ponía a rezar a veces le salía empezar a cantar cosas que no entendía; yo le pregunté si sabía qué era el don de lenguas, y me dijo que no, y le comencé a leer la primera carta a los corintios, tras lo cual me dijo: “¿Entonces no soy tan rara…?”.

Dos son las finalidades para las que el Espíritu Santo puede concedernos el don de lenguas. En primer lugar, la alabanza. “La alabanza es la forma de oración que, de manera más directa, reconoce que Dios es Dios; es totalmente desinteresada: canta a Dios por sí mismo y le da gloria por lo que Él es” (Compendio del Catecismo 556). En la alabanza, por tanto, no se le alaba por lo que me da o por lo que ha hecho conmigo; supone un salir de mí mismo (éxtasis) para volcarme en Él con todo mi ser y alabarle por lo que Él es en sí mismo, de lo cual conozco una parte, y otra la desconozco. Por el don de lenguas, Dios me concede las palabras con las que alabarle y bendecirle, aunque no las comprenda, palabras que me llevan a alabar al Dios inefable, cuya grandeza se me escapa y me es inexpresable. El Espíritu Santo me da las palabras para alabar verdaderamente a Dios. Así lo expresa el gran San Agustín: “¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos? Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera como has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo. El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos” (San Agustín, comentario sobre el Salmo 32).

En la alabanza, la oración en lenguas tiene un fruto muy hermoso, puesto que te saca de ti mismo, de tus esquemas y tus categorías, para volcarte en Dios, y genera un fruto de paz y de comunión con Dios muy intenso y profundo, puesto que supone sumergirse en el ser mismo de Dios y estar plenamente consciente de su grandeza, en la pura alabanza a su Santo Nombre. En la oración en lenguas, por así decir, se alaba a Dios por lo que no se conoce de Él, por lo que se nos escapa de su grandeza, que vas más allá de nuestros conceptos y límites. No es que la finalidad de la alabanza sea orar en lenguas, sino que la finalidad de orar en lenguas es la alabanza; no ha de buscarse este don por sí mismo, pero si el Espíritu lo concede, es lícito aceptarlo y se recibe un fruto muy hermoso. La alabanza entonces se convierte en la oración más gratuita y menos egoísta, puesto que verdaderamente nos vuelca absolutamente en el Señor totalmente transcedente.

En segundo lugar, otra finalidad de la oración en lenguas es la intercesión. Así dice San Pablo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rm 8, 26 – 27). Cuando uno ora por alguien, a veces no sabe qué pedir porque no sabe lo que realmente necesita la persona; entonces, el Espíritu mismo te sugiere lo que has de pedir, dándote las palabras apropiadas, que tú mismo no entiendes. De este modo, es Dios mismo quien guía tu oración, y además, respeta la libertad de la otra persona y su intimidad, puesto que no sabes qué estás pidiendo para ella. A través de la oración en lenguas, el Señor puede obrar una sanación física, una sanación interior o una liberación. En una oración de intercesión, uno puede pedir al Señor cualquier cosa que la otra persona necesita, pero puede pasar que el Espíritu Santo ponga en el corazón del que intercede la moción de orar en lenguas, porque el Señor quiere darle algo en concreto o sanar algo en concreto, que puede que ni el que ora ni la persona sepan qué es.

Uno no ora en lenguas porque quede “poseído” por el Espíritu Santo; Dios nunca nos quita nuestra libertad y no nos fuerza. Uno puede sentir una moción del Espíritu a orar en lenguas, pero si no quiere, no la sigue. Para ejercer un carisma, hay que lanzarse, porque Dios cuenta con nuestra libertad para obrar. En el carisma de lenguas, uno puede dejarse llevar por esa moción del Espíritu, y debe no fijarse en lo que está diciendo o en cómo suena, sino salir de sí, centrarse en Dios y dejarse llevar por el Espíritu Santo. No es necesario que se haga en alta voz, puede hacerse de un modo prudente y sigiloso, pues lo importante no es “que se oiga”, sino que se diga. Ciertamente, puede resultar extraño, y sin embargo los frutos son tan hermosos que merece la pena dejarse llevar.

Con respecto a si lo que se ora en lenguas son simples “balbuceos” o alguna lengua en concreto, hay varios testimonios hermosos. El padre Tardif cuenta que en una ocasión en un retiro de sacerdotes, comenzaron a orar en lenguas, y uno de los sacerdotes se reía de ellos porque pensaba que se les había ido la olla. Así sucedió durante varios días, hasta que un día este sacerdote se quedó boquiabierto; él había estudiado árabe en su juventud, y de pronto comenzó a comprender lo que los demás estaban diciendo, puesto que estaban hablando árabe sin saber. Son varios los testimonios en este sentido, por lo que yo me inclino a pensar que en la mayoría de las ocasiones, uno verdaderamente esta orando en una lengua concreta.

En este sentido, un carisma que va de la mano junto con el de lenguas, es el don de interpretación: “el que habla en lenguas, pida el don de interpretar. Porque si oro en lenguas, mi espíritu ora, pero mi mente queda sin fruto” (1 Cor 14, 13 – 14). El Señor puede conceder el carisma de interpretación a la misma persona que ora en lenguas, pero más habitualmente concede el carisma de interpretación a otra persona u otras personas diferentes, a quienes concede el don de comprender lo que se está diciendo en lenguas, porque a veces la oración en lenguas contiene un mensaje para los presentes. Sin embargo, la experiencia demuestra que el carisma de interpretación es bastante escaso.

El Espíritu Santo obra en cada uno lo que quiere y como quiere. Durante mucho tiempo, una racionalización de la fe ha hecho que los carismas hayan disminuido notablemente del Pueblo de Dios, si bien nunca han llegado a desaparecer, como muestran los signos de la vida de los que hoy consideramos santos. En este tiempo, en que, como decía Juan XXIII, asistimos a un Nuevo Pentecostés, los carismas se han renovado en la vida de la Iglesia, y hemos de acogerlos con gratitud y consuelo, porque suponen un signo para los no creyentes que muestra la verdad del Evangelio y de la presencia de Cristo en su Iglesia, así como los signos de Jesús mostraban que él era el Mesías prometido y el Hijo de Dios. Son una ayuda inmensa para la evangelización; pero no se nos concederán si no creemos en la posibilidad de que el Espíritu Santo nos los conceda. Muchas veces lo que nos falta no es fe en Dios, sino fe en que Dios puede obrar a través de mí; pero el Señor no dijo que los carismas se darían a los que fueran santos, sino a los que creyeran en él: “Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16, 17 – 18). “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Todo lo que me pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.” (Jn 14, 12 – 14).

Para saber más sobre los carismas, recomiendo leer el libro “Jesús está vivo”, del Padre Emiliano Tardif, que puedes encontrar en este enlace: http://www.reinadelcielo.org/estructura.asp?intSec=5&intId=58 .

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