Pregunta 23: ¿Todo el que busca a Dios le encuentra siempre?

Esta es una pregunta muy importante, y cuya respuesta reviste una cierta complicación… Querría responder a esta pregunta, citando y comentando ciertos pasajes de la Sagrada Escritura. “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Dios nos ha creado para que le conozcamos y le amemos, y así no salvemos. Ciertamente, la voluntad de Dios es que todo el que le busque, le encuentre. Y sin embargo, no todos los que buscan a Dios le encuentran. Aclarémoslo.

En todos los hombres hay inscrito un deseo de Dios, que les mueve a buscarlo de un modo u otro, a veces a tientas. San Pablo nos enseña que los hombres pueden llegar al conocimiento de Dios si observan la creación: “lo que de Dios se puede conocer, está manifiesto (para los hombres injustos): Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables” (Rm 1, 19 – 20). Por una parte, deducimos de este texto que realmente se puede conocer a Dios a partir de la creación. Cuando un hombre tiene corazón sincero y realmente busca a Dios, incluso si no ha conocido la revelación, puede conocer a Dios por la razón a partir de la creación. Por eso tantos filósofos al margen del cristianismo y de las religiones, y tantos científicos han llegado a la certeza de que Dios existe, e incluso han conocido algunos de sus atributos. El Magisterio de la Iglesia ha hecho suya esta verdad revelada en el Concilio Vaticano I, donde se afirma que “Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas” (Dei Filius 2).

Pero en este texto, San Pablo dice también que son inexcusables los hombres injustos, que “aprisionaron la verdad en la injusticia” (Rm 1, 18), es decir, que prefirieron la injusticia a la verdad; se refiere a aquellos hombres que no encuentran a Dios porque no lo quieren encontrar, ya que están cegados en sus pecados, y no los quieren abandonar. Cuando uno no quiere cambiar de vida, realmente no quiere encontrar a Dios, aunque aparentemente lo busque; porque espera encontrar un dios a su medida, que le deje tal y como está, y que no le implique cambiar de vida. En ese sentido, puede haber personas que aparentemente busquen a Dios, pero se acerquen a él con condiciones, con desconfianzas, o sin un deseo sincero de conocer y aceptar la verdad, por lo cual, ellos mismos se privan del conocimiento de Dios, al que podrían acceder simplemente a partir de la creación, si mirasen con una mirada sincera.

Por eso dice el libro de la Sabiduría: “Amad la justicia, los que juzgáis la tierra, pensad rectamente del Señor y buscadle con sencillez de corazón. Porque se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él. Pues los pensamientos tortuosos apartan de Dios, y su poder, puesto a prueba, rechaza a los insensatos. En efecto, en alma fraudulenta no entra la Sabiduría, no habita en cuerpo sometido al pecado; pues el Espíritu Santo que nos educa huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la iniquidad. (Sab 1, 1 – 5). Éste texto expresa muchas cosas en relación a nuestra pregunta. Por un lado, para encontrar a Dios se requiere amor de la justicia, pensamiento recto y sencillez de corazón. Eso se traduce en búsqueda sincera del bien moral, un pensamiento que busque la verdad por encima de sus condicionamientos, y un corazón sencillo, que no se complique ni se retuerza. Efectivamente, Dios “se deja hallar de los que no le tientan”: de los que no le exigen condiciones, de los que están dispuestos a cambiar si es necesario, de los que no quieren que Dios se pliegue a sus exigencias, sino que ellos están dispuestos a hacer la voluntad de Dios. “Se manifiesta a los que no desconfían de Él”, a los que no se acercan con miedo a que Dios les quite algo, a perderse algo en la vida, a los que están dispuestos a arriesgarse por el amor, a los que están dispuestos a fiarse de Él. Después el autor del libro de la Sabiduría hace ver que la tortuosidad, la insensatez, el alma fraudulenta, el pecado, el engaño, la necedad, la iniquidad alejan del conocimiento de Dios, que se identifica preciosamente con la Sabiduría y el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, insuflado en nuestro rostro el día de nuestra creación (Gn 2, 7), nos hace capaces de conocer a Dios si le buscamos sinceramente, pero muchas veces nuestra búsqueda está condicionada por la complejidad, la insensatez, el engaño o el pecado, que nos impiden encontrar a Dios, porque en realidad manifiestan que no le estamos buscando sinceramente. Por eso no todo el que busca a Dios necesariamente le encuentra.

Pero a Dios se le conoce sobre todo a través de la Revelación, que se ha dado plena y definitivamente en Jesucristo, y por Él podemos conocer a Dios Padre de un modo pleno y seguro, a pesar de nuestras limitaciones, si Él sale a nuestro encuentro y creemos en Él. Sin embargo, puede haber también personas que estén escandalizadas por pecados de la Iglesia, o por malas actitudes de los cristianos, o condicionadas por imágenes desdibujadas y falsas que en el mundo se dan de la Iglesia o del cristianismo. En este sentido, puede haber personas que busquen a Dios pero estén condicionadas por prejuicios que les impidan o les dificulten aceptar la Revelación de Dios en Cristo. Jesús indica que siempre habrá escándalos, y usa palabras muy duras para los que escandalizan a los demás: “Dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños»” (Lc 17, 1 – 2). Y sin embargo, es muchas veces el propio comportamiento de los cristianos el que en ocasiones hace que los hombres no encuentren a Dios, porque, escandalizados por la actitud de los cristianos, descartan la posibilidad de que el cristianismo sea verdad, y acaban viviendo como si Dios no existiera, como nos recuerda el Concilio Vaticano II al hablar del ateísmo: “Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (LG 19).

De este texto del Concilio pueden deducirse varias cosas interesantes. Por un lado, que existe una ignorancia culpable. Como ya hemos ido explicando, un hombre puede no conocer a Dios culpablemente, por no buscarle sinceramente o no querer dejar su pecado; desoyen el dictamen de su conciencia, y dejan de lado las cuestiones religiosas. En segundo lugar, el texto afirma que el ateísmo no es un fenómeno originario, es decir, que originariamente el hombre no es ateo, sino religioso, como de hecho se muestra al analizar las primeras culturas humanas, caracterizadas todas ellas por la presencia del fenómeno religioso. En tercer lugar, el texto afirma que el ateísmo es un fenómeno derivado de varias causas, todas ellas inherentes a la limitación de la naturaleza humana, herida por el pecado. En cuarto lugar, el texto señala que una de las causas es la reacción contra el cristianismo, motivada a veces por los propios creyentes que, con sus defectos, escandalizan y dan un testimonio inapropiado de la fe, lo cual alejan a los hombres de Dios.
Por lo tanto, en un mundo sin pecado, todos los que buscasen a Dios le encontrarían. Pero en el mundo en que estamos, no todos lo encuentran. Hay muchos condicionantes que pueden obstaculizar o incluso impedir que algunos hombres encuentren a Dios. Pero todos tienen el deber de buscarle sinceramente, porque su deseo les mueve hacia Él. Y todos tienen el deber de analizar si su ignorancia de Dios es culpable, de modo que corrijan lo que hayan de corregir en su vida y en su pensamiento, para poder buscar sinceramente a Dios, y así hallarlo.

A veces puede haber también heridas de la vida que impidan o dificulten la comprensión de Dios, y que pueden hacer que alguien que le busca no pueda encontrarlo, no porque Dios se le oculte, sino porque su búsqueda está condicionada por las dificultades que han tenido en su vida. Si una persona fue abandonada por su padre, o su padre le maltrató o abusó de él, es muy probable que proyecte esas heridas en la figura de Dios Padre, y le cueste conocerle y comprenderle, por el rechazo que puede sentir hacia una figura paterna o de autoridad. Si una persona fue traicionada por un sacerdote que le hablaba del amor de Dios o de la fe, puede que tenga un condicionante inmenso para aceptar la fe cristiana maduramente. Si una persona ha experimentado un engaño por parte de un miembro de la Iglesia, o si ha experimentado sectarismo o lavado de cerebro, puede encontrar un escollo casi insuperable para conocer a Dios. Si ha tenido una vida injusta, o ha experimentado una gran injusticia sin que se le haya dado una palabra de aliento, consuelo, o una explicación, puede tener una gran dificultad en conocer y amar a Dios. Quizá podemos ver un eco de esto en el grito de aquél hombre que, desesperado por el sufrimiento de su hijo, grita a Jesús: “¡Creo, Señor! ¡Ayuda a mi poca fe!” (Mc 9, 24). Todas estas personas, pueden no encontrar a Dios, y en la medida que no son responsables, en esa medida son inocentes de su ignorancia. Pero deberían esforzarse por deshacerse de todos sus condicionamientos y prejuicios para poder conocer a Dios, porque precisamente él es quien puede sanar todas esas heridas y llenar el vacío que hayan podido dejar.

Como conclusión a esta parte, termino citando un texto de San Lucas: “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 9 – 13).

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