Pregunta 25: ¿Cuál es nuestra misión en este mundo? ¿Qué espera Dios de nosotros?

Pregunta 25: ¿Qué explicación podría darse del porqué y para qué nos manda Dios a la tierra? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Qué espera Dios de nosotros?

Es una gran pregunta. ¿Para qué hemos sido creados? Comienzo con algunas aclaraciones. No es que Dios nos haya “mandado” a la tierra, ya que antes no estábamos en el cielo y no es que desde allí Dios nos “mandara” a la tierra, sino que nos ha creado en la tierra a través del acto procreativo de nuestros padres, infundiéndonos un alma inmortal. Los cristianos no hablamos de “misión”, sino de vocación. En esta cuestión se están preguntando en realidad tres cosas: primero, cuál es nuestro destino, cuál es la finalidad para la que Dios nos ha creado; segundo, cuál es nuestra vocación vital, el estado de vida por el que llegamos a nuestra finalidad; tercero, qué espera Dios que hagamos.

Comencemos por el comienzo, el libro de la creación: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra (…) Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1, 26 – 27). Dios no necesita al hombre, lo crea por amor y para el amor, y lo crea como imagen suya, y para ser semejante a él. Como ya expliqué en otro artículo (http://sanleopoldo.archimadrid.es/a-imagen-y-semejanza/), Dios quiere hacernos semejantes a él: esa es la finalidad para la que Dios nos ha creado, eso es lo que llamamos la salvación, o el cielo. Y esa semejanza divina consiste en participar de la naturaleza divina, en participar del ser mismo de Dios, en ser como dios. Cito tres textos de la Sagrada Escritura al respecto. “Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza” (Sab 2, 23). “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). “Pues su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, (…) para que os hicierais partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 3 – 4). Así respondemos a la primera pregunta: nuestro destino es ser semejantes a Dios, participando de su misma naturaleza, viéndole tal cual es, viviendo eternamente en el amor a él y participando de su incorruptibilidad.

La segunda pregunta sería cuál es la vocación o misión del hombre sobre la tierra. Por un lado, la Iglesia reconoce tres estados de vida o vocaciones diferentes, de igual dignidad y estima, por las que el hombre puede llegar al fin para el que ha sido creado. El primero es el matrimonio. En el primer capítulo del Génesis hay un mandato de Dios al hombre para multiplicarse y llenar la tierra; y en el segundo, se nos habla de la complementariedad del hombre y la mujer, llamados a abandonar sus respectivos padres para formar una sola carne. Existe una vocación natural al matrimonio, como unión de un hombre y una mujer en fidelidad, indisolubilidad y fecundidad. Además, Jesucristo elevó a la categoría de sacramento el matrimonio entre bautizados, haciendo que se convierta en un signo de su amor por la Iglesia. Así, mediante el sacramento del matrimonio, los esposos cristianos se configuran con Cristo y van alcanzando la semejanza divina en su mutua entrega y en la educación de sus hijos en la fe.

El segundo estado de vida es el sacerdocio. Mediante él, los hombres llamados a este ministerio se configuran con Cristo cabeza de la Iglesia, y reciben el don del Espíritu Santo para regir a la comunidad, predicar la palabra, y santificar a los fieles mediante los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía. En occidente además, supone una configuración con Cristo célibe, que se consagró por entero al plan de Dios. Mediante la entrega a la Iglesia, que es tan fecunda o más que la entrega en el matrimonio, el sacerdote se va asemejando a Cristo, y va alcanzando así poco a poco la semejanza divina.

El tercer estado es la vida consagrada, en la que los hombres y las mujeres se configuran con Cristo pobre, casto y obediente, y consagran su vida a Él en la Iglesia, a través de la vida contemplativa y de la vida activa. A través de la oración y el servicio a los más necesitados, los religiosos van alcanzando la semejanza divina, y así van llegado a su destino, que es participar de la naturaleza divina. Este es el sentido de la vocación tal como solemos hablar de ella.

La tercera pregunta implícita en esta cuestión es qué espera Dios que hagamos, en un sentido quizá más genérico, pero también más inmediato. En primer lugar, creer en Él: “Los judíos dijeron a Jesús: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras que Dios Dios quiere?» Jesús les respondió: «La obra que Dios quiere es que creáis en quien Él ha enviado.» (Jn 6, 28 – 29).

En  segundo lugar, amar: “Amarás a Dios sobre todas las cosas. Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37 – 39). “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. (1 Jn 4, 20 – 21). Este amar comporta también amar a los enemigos: “Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 44 – 445)

En tercer lugar, cumplir sus mandamientos: “Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»”  (Mc 10, 17 – 19).

En cuarto lugar, seguirle: “El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»” (Mc 10, 20 – 21).

Todo esto se puede resumir en una sola cosa: cumplir su voluntad. Tener sus mismos sentimientos, su mismo corazón, su misma mente, su misma voluntado. Configurarnos con Él. Todo esto es expresión de lo mismo. Y su voluntad son estas cosas que hemos ido diciendo.

Para saber en concreto cuál es la vocación concreta a la que Dios llama es necesario orar y discernir con un director espiritual, que pueda ayudar a distinguir los signos que Dios da en la vida para poder responder a su llamada. Es necesario abrir el corazón y estar dispuesto a acoger todo lo que Dios nos pida, y pedirle en la oración que nos hable y nos aclare qué quiere de nosotros, sabiendo que la vocación a la que nos llama ha de ser una de las tres explicadas más arriba.

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