Pregunta 26: ¿Por qué hay textos de la Biblia que se contradicen?

Pregunta 26: ¿Qué sentido tiene el que en las Sagradas Escrituras aparezcan textos en los que se afirman extremos que se contradicen por completo? Por ejemplo: ¿Son realmente tan contradictorios entre sí  los  versículos Mc 9, 40 (“el que no está contra nosotros, está con nosotros”) y Lc 11, 23 (“el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”)?

 Esta pregunta me permite afrontar un tema tan profundo como es el de cómo interpretar la Sagrada Escritura. Ya afronté una explicación de este tema a propósito de otra aparente contradicción del texto bíblico (ver el artículo: ¿por qué Dios se contradice?), pero ahora quisiera afrontarlo de un modo más profundo y afrontando estos textos que de un modo tan claro parecen contradecirse.

Trataremos de explicar la interpretación de la Sagrada Escritura tomando como texto base el documento Dei Verbum sobre la Divina Revelación del Concilio Vaticano II. En el número 12 la Iglesia nos enseña cómo interpretar la Sagrada Escritura. Se nos dice, en primer lugar, que el intérprete debe buscar lo que realmente el escritor quiso comunicar; es decir, que es muy importante atender al propio texto y su contexto para hacerle decir lo que dice, y no lo que yo quiero que diga. En segundo lugar, nos invita a atender a los géneros literarios, con los que el escritor puede expresar verdades de fe pero en un lenguaje o con unas figuras que no pueden entenderse literalmente. Y en tercer lugar, nos invita a leer la Sagrada Escritura en el mismo Espíritu en que fue escrita, es decir, en el Espíritu Santo. Veamos el texto: “Como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei Verbum 12). De aquí sacamos tres enseñanzas:

a) Para comprender un texto hay que atender al contenido y unidad de toda la Sagrada Escritura. En este sentido, es necesario explicar la Biblia por la Biblia, y explicar, como decía San Agustín, los pasajes menos claros a la luz de los más claros. Ya el Padre de la Iglesia Ticonio, recogiendo la tradición exegética de la teología patrística, escribió el Libro de las Reglas, que explicaba cómo interpretar correctamente la Sagrada Escritura. Ésta es, a mi parecer, una obra de referencia para cualquiera que quiera comprender cómo interpretar la Sagrada Escritura.

b) Para comprender un texto bíblico hay que tener en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia. Este es un punto muy importante, ya que es esencial para comprender la naturaleza de la Revelación, y supone además, un punto de conflicto con nuestros hermanos evangélicos. La Tradición viva es el contexto en el que los textos bíblicos vieron la luz y llegaron hasta nosotros. Constituye el conjunto de dichos, textos, costumbres, ritos, que vive la Iglesia ininterrumpidamente desde Cristo, y en los que se hace vida la Revelación de Dios. Ésta Tradición es la que nos transmite los textos bíblicos, precisamente esos y no otros, con la intención de darnos a conocer la verdad de Cristo. En este sentido, es el contexto en el que la Sagrada Escritura adquiere su sentido, y por lo tanto, leerla al margen de la Tradición es leerla a ciegas. La Sagrada Escritura no contiene toda la Revelación, sino aquello que Dios quiso que se pusiera por escrito, pero muchos de los contenidos de la Revelación nos llegan también y sobre todo a través de la Tradición y del Magisterio (ver Dei Verbum 7 – 10).

c) Para comprender un texto bíblico hay que tener en cuenta la analogía de la fe. Es decir, que Dios se ha adaptado a nuestra mentalidad y se ha expresado en nuestras palabras humanas, que ciertamente revelan a Dios, pero que al mismo tiempo lo velan, porque Dios es infinitamente superior a nosotros y no puede ser expresado plenamente en palabras humanas: es inefable. Dios ha querido valerse de nuestras expresiones y palabras para darnos a conocer su verdad, pero es necesaria una comprensión analógica para desentrañar el sentido del texto. Desde la fe y sus contenidos, comprendemos la verdad del texto sagrado por analogía.

 Establecidos estos puntos, acometamos los textos que nos competen; para explicarlo simplemente hay que atender al contexto de ambos textos. Por un lado tentemos el texto de Mc 9, 40: “El que no está contra nosotros, está con nosotros”, que tiene su paralelo en Lc 9, 50 con una ligera variante: “el que no está contra vosotros, está con vosotros”; y por otro el de Lc 11, 23: “el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”, que tiene un paralelo literal en Mt 12, 30. Por un lado, notemos que ambos textos los recoge el mismo evangelista, San Lucas, en 9, 50 y en 11, 23, por lo cual esto ya nos hace pensar que los textos no pueden contradecirse; sería estúpido pensar que San Lucas, hombre de gran cultura, haya puesto en el mismo libro dos frases contradictorias separadas tan solo por unas líneas. Así pues, atendamos al contexto de cada frase y descubriremos su sentido, para solventar esta aparente contradicción.

 Ambas frases aparecen en contextos similares: el contexto de la expulsión de los demonios, del poder exorcístico de Jesús y de los discípulos. En Lc 11, 23 y Mt 12, 30 Jesús expulsa un demonio, y los fariseos le acusan de expulsar demonios en el nombre del propio Satanás. Jesús comienza a explicarles que si Satanás está contra Satanás, su reino no subsistirá; pero que si él expulsa los demonios con el Dedo de Dios (en Mateo, “por el Espíritu Santo”), han de reconocer que ha llegado a ellos el Reino de Dios. Así, el Señor les invita a reconocer que el poder que se manifiesta en Él contra los demonios es el poder del Espíritu Santo, que muestra que en Cristo ha llegado la plenitud del Reino de Dios. Después Jesús comienza a enseñarles que Él es más fuerte que el demonio, que Cristo es capaz de arrebatarle a los hombres que él posee. Y después añade esta frase: “el que no está conmigo, está contra mí”. En este contexto, por tanto, esta frase se refiere directamente a Satanás. Él es quien está contra Jesús. En la lucha entre el bien y el mal, entre Dios y los demonios, no hay punto medio: o se está con Jesús, o se está contra Él. Pero esta frase se refiere también a los que están en ese momento a su alrededor, y le acusan de estar poseído por Satanás y actuar con su poder. Jesús se sitúa en confrontación directa con Satanás: Él no puede estar poseído por Satanás, porque precisamente está haciendo la guerra a Satanás. No se trata de una guerra civil, como dice un poco antes, porque entonces el reino de Satanás se vendría abajo. Es una guerra entre dos reinos: el de Dios y el del demonio, por lo cual, en este contexto, el que no está con Cristo está contra Él. De hecho, Mateo añade después el polémico tema de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que refuerza esta interpretación. Mateo dice que todo será perdonado a los hombres, menos la blasfemia contra el Espíritu Santo; es decir, que a aquél que diga que el espíritu que actúa en Jesús no es el Espíritu Santo, sino Satanás, este pecado jamás le será perdonado. Éste texto tiene un paralelo en Mc 3, 28 – 30, que es aún más fuerte, ya que dice que el que blasfeme contra el Espíritu Santo cargará con su pecado para siempre. Por lo tanto, el que no está con Cristo en relación al poder de los exorcismos, está contra Él; es decir, que quien dice que el poder que actúa en Cristo no es el de Dios, sino el de Satanás, está contra Él. Retengamos, por tanto, que aquí lo que se dice es que si alguien dice que Jesús expulsa los demonios por el poder de los demonios, está contra Jesús y a favor de Satanás; y que aquí lo que se está haciendo es hablar mal de Jesús, ya que se dice que quien actúa en Él no es el Espíritu Santo.

 Analicemos ahora el texto de Mc 9, 40: “el que no está contra nosotros, está con nosotros”. El contexto es también el de la expulsión de los demonios, pero esta vez no es Jesús quien expulsa los demonios, ni siquiera sus discípulos, sino uno que no es del círculo de los discípulos. Juan le dice a Jesús que han tratado de impedírselo, porque no va con ellos. Pero Jesús le responde: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi Nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9, 39 – 40). Jesús dice que si éste expulsa los demonios en el Nombre de Jesús, no puede hablar mal de Él. Es decir, este que invoca el Nombre de Jesús, cree que el Espíritu que habita en Jesús es el Espíritu Santo, y por eso es capaz de expulsar los demonios en su Nombre; sabe que el espíritu que actúa en Jesús no es Satanás, no puede hablar mal de Jesús ya que ve el poder que actúa en su Nombre. Por lo tanto, en este contexto de la lucha contra Satanás, sabe que uno o está con Cristo o está contra Él. Por eso Jesús no le impide expulsar demonios, ya que lo hace en su Nombre, e invita a los discípulos a no hacerlo, ya que, en el contexto de la lucha contra los demonios, el que no está contra ellos está a su favor. El sentido es el mismo: si hay una guerra entre dos reinos, el que está contra uno, está a favor del otro; y el que no está con uno, está en su contra. En realidad, es como si Jesús dijera: “en esta guerra no hay punto medio: el que no está conmigo, está contra mí; y el que no está contra mí, está conmigo”. En realidad estos dos textos están expresando exactamente la misma idea. Sólo el Espíritu Santo que actúa en Jesús puede expulsar los demonios, y por tanto, quien cree esto, está con Jesús y es capaz de expulsar los demonios en su Nombre por la fuerza del Espíritu Santo; pero quien cree que el espíritu que actúa en Jesús es Satanás, está contra Jesús y no es capaz de expulsar los demonios en su Nombre, y además, al blasfemar contra el Espíritu Santo, se cierra la puerta del perdón y de la misericordia. Un pasaje muy sorprendente del libro de los Hechos de los Apóstoles nos hace ver la verdad es esto que acabamos de expresar: “Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el Nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, y decían: «Os conjuro por Jesús, a quien predica Pablo.» Pero el espíritu malo les respondió: «A Jesús le conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?» Y arrojándose sobre ellos el hombre poseído del mal espíritu, dominó a unos y otros y pudo con ellos de forma que tuvieron que huir de aquella casa, desnudos y cubiertos de heridas. Llegaron a enterarse de esto todos los habitantes de Éfeso, tanto judíos como griegos. El temor se apoderó de todos ellos y fue glorificado el Nombre del Señor Jesús” (Hch 19, 13 – 17).

Por lo tanto, estos dos textos, analizados uno a la luz del otro, y en sus propios contextos, nos dan su sentido más profundo y verdadero, y nos hacen ver que en esta guerra espiritual, no hay término medio: o con Cristo, o contra Él; o con Satanás, o contra Él. Y nos hace ver que son el Nombre de Jesús y la fuerza del Espíritu Santo quienes puede hacernos vencer en esta guerra.

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