Pregunta 27: ¿Sufrirán nuestras almas en el cielo?

Pregunta 27: Después de morir, ¿sufrirán nuestras almas en el cielo? ¿Sufrirán por la humanidad? Los videntes de Medjugorje dicen que la Virgen llora por nosotros.

 [Éste artículo es largo, porque la pregunta es difícil. No ofrezco una respuesta definitiva y taxativa, sino posibles apuntes de respuesta. Por lo cual recomiendo leerlo entero y con paciencia. Todo lo que aquí afirmo está sujeto al juicio y la corrección del Magisterio de la Iglesia].


 Ésta es sin duda la pregunta más difícil que me han planteado, puesto que yo mismo llevo buscando la respuesta desde mi conversión. Me arriesgaré a ofrecer una respuesta, sabiendo que siempre es complicado afrontar un tema tan arduo y difícil.

La respuesta a esta pregunta es doble. Por un lado, si morimos antes de que vuelva el Señor, mientras esté nuestra alma en el cielo, ¿sufriremos por la humanidad? Por otro lado, cuando llegue la resurrección de los muertos y la vida eterna, ¿sufriremos por los que se hayan condenado?

De los difuntos cuyas almas están en el purgatorio, indudablemente se ha de decir que sufren, mientras esperan el día en que puedan ser liberados de sus penas para poder entrar en la presencia de Dios. Su sufrimiento proviene del deseo de ver a Dios y de la imposibilidad de acceder a su presencia, al tener aún algo que purgar. También nos dice el Magisterio de la Iglesia que las almas del purgatorio pueden interceder por nosotros. Pero no se nos dice que sufran por la humanidad…

De los difuntos cuyas almas están en la presencia de Dios, la Sagrada Escritura nos dice: “Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; se tuvo por quebranto su salida, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz” (Sab 3, 1 – 3). De este texto se deducen varias cosas. En primer lugar, se nos dice que, estando ya en las manos de Dios, no les alcanzará tormento alguno. En segundo lugar, se nos dice que están en la paz. Todo ello hace pensar que esas almas no sufren ya por ningún motivo, sino que “descansan en paz”, sin que los tormentos puedan alcanzarlas; por lo cual, con la Biblia en la mano, resulta imposible decir que las almas de los salvados sufran por la humanidad, si bien sabemos que interceden por nosotros.

Una parábola de Jesús abunda en este sentido, a mi entender. Es la del rico y el pobre Lázaro. “Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.” «Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” El dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.” Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”» (Lc 16, 19 – 31).

Hemos de tener cuidado al interpretar esta parábola, ya que Jesús se expresa según la mentalidad de su tiempo, y además, su propia muerte y resurrección han producido un cambio en la vida después de la muerte. En seno de Abrahán no es el cielo como tal; pero desde luego, tanto Abrahán como Lázaro parecen disfrutar de la paz, y no parecen preocupados por la suerte del rico, estando además imposibilitados para ayudarle. Desde luego, el rico sí parece sufrir, no sólo por su propia suerte, sino por la de sus seres queridos. No así Abrahán o Lázaro. Por lo cual, como ya he dicho, con la Sagrada Escritura en la mano no podemos afirmar que las almas de los salvados sufran por la humanidad, ya que no los alcanza ningún tormento, pues están en la paz.

En segundo lugar, hemos de afrontar el tema de si los salvados sufrirán tras la resurrección por aquellos que estén en el infierno. La condenación es una posibilidad real, ya que Dios nos ha dotado de libertad, y podemos preferir las tinieblas a la luz. Hay quien propone la posibilidad de que todos los hombres se salven, pero ningún dato de la Revelación permite afirmar esto con seguridad; pero además, incluso en el caso de que toda la humanidad se salvase, Satanás y sus ángeles sufrirían un infierno eterno. La cuestión clave es si un hombre salvado, lleno de amor y en plena comunión con Dios, puede no compadecerse del sufrimiento de otra criatura. Si se compadece, sufre con el otro; y si sufre con el otro, ¿cómo puede ser feliz? ¿No empañará el sufrimiento de los condenados la felicidad de los salvados? ¿Podrán los salvados gozar una eternidad feliz en la presencia de Dios, mientras sus semejantes sufren eternamente un infierno sin Dios? ¿Cómo puede alguien lleno de amor no sufrir por los que sufren? Sinceramente, es difícil de comprender.

Sin embargo, la Revelación nos habla de gozo eterno de los salvados, sin mezcla de sufrimiento. Recojamos algunos textos significativos. “Hará el Señor a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados; consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todos los gentes; consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque el Señor ha hablado. Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es el Señor en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.» (Is 25, 6 – 9).

“Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.” (Dn 12, 2 – 3).

“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él, Dios con ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni luto, ni dolor, porque el mundo viejo ha pasado.» (Ap 21, 1 – 4)

“Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.” (Ap 22, 3 – 5).

De estos textos, sobre todo de los dos últimos, se deduce el gozo eterno sin mezcla de sufrimiento de la eternidad. No habrá lágrimas, muerte, llanto, luto o dolor; ya no habrá maldición alguna ni habrá más noche. Por lo cual hemos de decir que no sufriremos. La Revelación no nos dice más; ni cómo se compaginará esa felicidad con el sufrimiento de los condenados. El gran Santo Tomás de Aquino, por un lado asegura que la bienaventuranza perfecta que tendremos en el cielo, no se puede perder ya que proviene de la visión directa de la esencia divina, y que es total e inmarcesible: “En el disfrute de aquella visión no puede haber mal alguno, puesto que ella es lo mejor a que puede llegar la criatura intelectual. Ni tampoco puede suceder que quien goza de ella pueda pensar que en ella hay algún mal o que existe algo mejor, puesto que la visión de aquella Verdad Suprema excluye toda falsa suposición. Es imposible, pues, que la substancia intelectual que ve a Dios quiera privarse jamás de tal visión” (Summa Contra Gentiles, III, LXI – LXII). Y sin embargo, en otra obra afirma que la presencia de los amigos, si bien no es esencial a la bienaventuranza, de algún modo contribuye a ella: “Si hablamos de la bienaventuranza perfecta que habrá en la patria, no se requiere necesariamente la compañía de amigos para la bienaventuranza, porque el hombre tiene toda la plenitud de su perfección en Dios. Pero la compañía de amigos contribuye al bien ser de la bienaventuranza. Por eso dice Agustín: «Para ser bienaventurada, la criatura espiritual sólo es ayudada intrínsecamente por la eternidad, la verdad y la caridad del Creador. Pero extrínsecamente, si podemos hablar de ayudar, quizá únicamente ayude el que se ven mutuamente y se alegran de su compañía en Dios». (…) La perfección de la caridad es esencial para la bienaventuranza en cuanto al amor de Dios, pero no en cuanto al amor al prójimo. Por eso, si hubiera una sola alma disfrutando de Dios, sería bienaventurada, aunque no tuviera prójimo a quien amar. Pero, supuesto el prójimo, su amor es consecuencia del amor perfecta a Dios. Por eso, la amistad y la bienaventuranza perfecta se relacionan entre sí como concomitantemente” (Suma Theologica I-IIae, 4, 8).

Como puede verse, no es un tema fácil de esclarecer. De algún modo, la consciencia de que algunas criaturas puedan estar condenadas no empañará nuestra felicidad eterna. Quizá podamos decir que, puesto que esas almas habrán elegido libremente la lejanía de Dios, nuestro amor a ellas nos llevará al respeto total de su libertad, con la que habrán obtenido lo que ellas mismas han elegido, de modo que su elección no afecte a nuestra felicidad. Si nuestra felicidad en la eternidad será justamente la comunión perfecta con la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es que los hombres sean libres y reciban lo que libremente hayan elegido, quizá podamos decir que, puesto que en los condenados se cumple esta voluntad de Dios, por eso mismo su condenación no comprometerá nuestra felicidad. Quizá nuestro amor a los hombres nos lleve a la felicidad al ver que Dios no violenta su libertad imponiéndoles una realidad que no han elegido libremente, sino que por puro amor les ha dejado en esa libertad con todas sus consecuencias. Si Dios les impusiese el estar en su presencia, esos hombres no podrían ser felices en la presencia de Dios, ya que no lo habrían elegido libremente, por lo cual su presencia en el cielo no contribuiría a nuestra felicidad, sino más bien lo contrario, ya que Dios no habría respetado la libertad del hombre y se habría contradicho a sí mismo. Por lo cual, sólo si esas almas reciben lo que libremente han elegido, se lleva al límite el amor infinito de Dios hacia ellas, de modo que su libertad quede intacta, y por eso mismo nuestra felicidad sea completa. Esto es un apunte de respuesta, absolutamente abierto a discusión y revisión.

Con respecto a la alusión a que la Virgen María parece sufrir o entristecerse en las mariofanías, la referencia a Medjugorje no nos es válida, ya que se trata de una supuesta mariofanía no aprobada por la Iglesia, y por lo cual no puede ser fuente de reflexión teológica. Sin embargo, si miramos a otras mariofanías aprobadas, como las que se dieron en Lourdes o en Fátima, vemos que en ellas nuestra Madre se entristece y se muestra así a los videntes, sobre todo cuando urge a la conversión. En la última aparición de Fátima, los videntes nos cuentan que “… tomando un aspecto más triste dijo: «No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido” (Memorias de la hermana Lucía II, 8). Y Santa Bernadette, en la sexta aparición de Lourdes, nos cuenta: “La señora miró por encima de mi cabeza a toda la gente que me acompañaba. Su mirada era triste y me dijo: «Ruega a Dios por los pecadores»”. Las apariciones de la Virgen tienen como objetivo que los hombres vuelvan a Dios y se conviertan, urgiéndolos desde el amor y también desde la predicción de consecuencias graves que pueden venir a la humanidad por su apartamiento de Dios. Por lo tanto, esa aparente tristeza de la Virgen, por un lado expresa su maternal preocupación y amor hacia los hombres, y por otro supone un estímulo para que los hombres nos tomemos en serio nuestra conversión y las consecuencias de nuestro pecado, si no nos convertimos. Y sin embargo, al mismo tiempo hemos de afirmar, en coherencia con todo lo dicho anteriormente, que la Virgen María goza eternamente de la visión de Dios y por lo tanto no puede ya sufrir. De hecho, en las mariofanías mencionadas, las más de las veces se presenta la Virgen radiante, feliz y en una completa paz. Esa preocupación o tristeza que muestra no puede ser expresión de infelicidad, sino más bien de su amor por nosotros y de su inmenso deseo de que abandonemos el pecado y nos convirtamos a Dios.

Un comentario en “Pregunta 27: ¿Sufrirán nuestras almas en el cielo?

  1. En cuanto al dolor de la Virgen, debemos tener también en cuenta las apariciones de La Salette, de las que San Juan Pablo II dijo que eran las profecías de las profecías. No obstante, en cuanto a esto tenemos la seguridad del Evangelio, la Barca de San Pedro jamás será hundida.
    El Magnificat nos señala varios puntos importantes, en primer lugar es una oración que nos sitúa en un tiempo que sólo se ve desde Dios, dispersados los soberbios,…Es el tiempo en que se proclamaran las grandezas del Señor, y en el que la Misericordia (única palabra repetida dos veces) brillará.
    El hablar del sufrimiento en el cielo es algo que podemos hacer, pero si se sabe que el fin del sufrimiento cristiano no es quedarse en sí mismo sino ser la palanca que nos lanza hacía Dios, hacía la felicidad, que la Cruz no es el final, no se si tiene sentido. El sufrimiento cristiano nos lanza a la Misericordia, al encuentro con Dios, para quien no lo quiera hacer, sólo queda interceder.

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