Pregunta 3: ¿Los que no creen se salvan?

Pregunta 3: Una persona sin fe y sin creer en Dios ni cumplir sus mandatos pero que actúa con amor a todas las creaturas empezando por el hombre… ¿se salvará?

Resumen: Si un hombre obedece la Ley natural conocida por el juicio sincero de su conciencia, al obedecer a Dios aún sin saberlo, se salva. Sin embargo, la conciencia puede estar mal formada y equivocarse, por lo cual hay que formar la conciencia a la luz de la revelación y evangelizar a los hombres para que conozcan la verdad y puedan ser libres y felices.


Hay muchos hombres que no conocen al verdadero Dios, o que ni siquiera creen en un dios, y sin embargo, son buenos, o buscan serlo; ¿se salvan por su bondad o se condenan por no creer en Dios? La cuestión clave para responder a esta pregunta es la conciencia. En la conciencia, que es el núcleo más íntimo del hombre, que nadie puede violar, resuena la voz de Dios. Así dice el Concilio Vaticano II: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo”[1].

Todo hombre ha sido creado a imagen de Dios, y en su conciencia resuena la voz de Dios aunque él no lo sepa, de modo que cuando un hombre sigue la ley natural inscrita en su conciencia, está obedeciendo la voz de Dios aún sin saberlo, y se hace digno de la salvación. Así lo expresa el mismo Concilio: “El mismo Dios no está lejos de otros que buscan en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de El la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven. Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero, y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios”[2].

No hay ninguna entidad superior a la conciencia, salvo Dios, como dice San Pablo: “Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mí mismo! Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor” (1 Cor 4, 3 – 5). Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina:

La conciencia «es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza […] La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo» (John Henry Newman, Carta al duque de Norfolk, 5)”[3].

Establecido esto, hemos de puntualizar varias cosas importantes.

a) En la conciencia está inscrita la Ley natural. Por lo cual, no puede haber contradicción entre la Ley de la conciencia y la Ley de Dios. En la pregunta se decía si una persona, sin cumplir los mandatos de Dios, se puede salvar. Si una persona es fiel a su conciencia, cumplirá los mandatos de Dios inscritos en ella, y se salvará; pero si, conscientemente, desobedece a su conciencia al incumplir los mandatos que dios ha puesto en ella, corre el riesgo de perderse.

b) La conciencia puede estar mal formada, y puede juzgar erróneamente sobre la bondad o maldad de los actos; esa ignorancia de la conciencia puede ser culpable si el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien. Si, por el contrario, ese error es invencible o se da sin responsabilidad por parte del sujeto, no es culpable del mal que comete.

c) Así pues, es muy importante formar nuestra conciencia a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio, y no dejar a los hombres en la ignorancia del error, porque el mal, aunque se haga sin culpa, es fuente de infelicidad y desesperación.

d) Dejar a los hombres en el error con la excusa de que así es más fácil que se salven es un error, porque la revelación cristiana explicita la Ley que está implícita en la conciencia, y ayuda a reconocerla y a cumplirla con la ayuda de la gracia.

e) En tal sentido, no se debe caer en el error de decir que los que no conocen a Dios “tienen suerte porque pueden hacer lo que les da la gana sin culpa”, ya que:

i. El mal es siempre fuente de infelicidad y desesperación, aunque no sea culpablemente.
ii. La vida cristiana es siempre fuente de plenitud. Ser cristiano es una gracia, y no una desgracia.
iii. Lo que otorga la verdadera libertad es la verdad, como dice Jesús: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Al ser el cristianismo la plenitud de la verdad, es la fuente de la plena libertad.

En este link podrás encontrar muchos de los textos sobre el tema que tratamos si quieres profundizar y contrastar las fuentes:

http://sanleopoldo.archimadrid.es/la-conciencia/ ‎

(Si este artículo te suscita otras preguntas, puedes escribir un mail a dudasdefe@gmail.com).


[1] Documento Gaudium et Spes, número 16.

[2] Documento Lumen Gentium, número 16.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, número 1778.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.